Deshumanización y discapacidad.

Enrique Monterroso Madueño. • 1 de abril de 2026

Día Mundial del Autismo: Deshumanización y discapacidad.

Quienes suscribimos esta columna a propósito de la celebración del día del autismo pretendemos alertar de los peligros que acechan a la discapacidad en el contexto de una sociedad como la actual que contempla al mismo tiempo el poder casi omnímodo de la IA que ha abducido o seducido las mentes y , al mismo tiempo el ascenso de ideologías autoritarias. 

Ambas formas de concebir el poder amenazan, a nuestro juicio, no sólo las reducidísimas conquistas conseguidas en el campo de los derechos elementales para un cada día mayor número de seres humanos con discapacidades funcionales, sino lo que puede resultar aún peor, niegue de facto la humanidad.  

La sesgada y malévola utilización de las herramientas tecnológicas trufadas de la peor ideología, la del dinero y las ambiciones de poder, puede confluir con el inequívoco ascenso de las democracias autoritarias basadas en esa otra ideología extrema que no ve en las personas a seres humanos sino recursos más o menos explotables para sus fines, poniendo en entredicho la principal de las condiciones para considerarnos humanos que es justamente la humanidad.   

En la larga historia del ser humano hubo un momento que se puede considerar como uno de los actos fundacionales de nuestra especie. 

Ese momento tiene que ver cuando alguien decidió no abandonar al enfermo, ni al anciano que caminaba más despacio y al que había que alimentar, ni a hijos de otros que quedaban huérfanos o desasistidos, ni a discapacitados que siempre los hubo ni a quien, tras el ataque de un animal o un accidente, ya no podía valerse por sí mismo. 

Esa atención prestada, esos cuidados, fueron todo un gesto absolutamente humanitario. La humanidad empezó a ser plenamente humana, una comunidad moral cuando empezó a cuidar al otro. 

Lo que hacían nuestros antepasados sapiens y neandertales, era todo lo contrario a la rentabilidad, al egoísmo de buscar solo el beneficio propio y reducir los riesgos en un ambiente hostil, tan hostil como puede ser el actual.  

Cuidar al prójimo, especialmente a los más débiles o vulnerables fue asumir que el valor de la vida de un semejante era algo más que el de su utilidad para proveer alimento. 

Afortunadamente todo esto no es creencia o suposiciones, sino que lo sabemos porque la arqueología ofrece datos elocuentes que vienen avalados por minuciosas investigaciones.  

De un lado hemos asistido con estupor a las declaraciones de un alto directivo de OpenAI, que recientemente en una entrevista dijo: «La gente habla de la cantidad de energía que se necesita para entrenar un modelo de IA... Pero también se necesita mucha energía para entrenar a un ser humano. Se necesitan unos 20 años de vida y toda la comida que se ingiere durante ese tiempo para llegar a ser inteligente».  

Comparar lo que consume un ser humano hasta que comienza a tener plenitud intelectual con el coste de entrenar un robot, un muñeco pseudo inteligente es deshumanizarnos. 

Es considerar que las personas y las herramientas tecnológicas pueden situarse en planos semejantes de valor.  Conviene recordarlo cada vez que algunos se atrevan a comparar el valor de las personas con las máquinas o, lo que es peor, cuando alguien llevado de su ideología fascista sugiera, aunque sea implícitamente, que hay vidas que pesan demasiado y que son un lastre para la sociedad. 
Cuidado. 

De otro lado tenemos la historia. Deshumanizar al ser humano nos llevó el siglo pasado a situaciones atroces que quisiéramos ver desterradas para siempre. 

Pero a la altura del siglo XXI continuamos dando muestras de que la humanidad como rasgo esencial de los “humanos” no es algo irreversible; y que el fascismo, con tal o cual nombre, sigue vivo entre nosotros.  

Se manifiesta en el genocidio cometido contra el pueblo palestino, se manifiesta en guerras crueles que asesinan a personal civil, se manifiesta cuando dejamos morir a personas de hambre disponiendo de excedentes de todo tipo, y en muchas otras situaciones que comprobamos a diario sin pestañear demasiado.  

La idea de fondo, antes como ahora, sigue siendo inquietantemente similar: pensar, creer que hay vidas menos valiosas de las que se puede prescindir o que no conviene proteger. 

En la era actual de la biotecnología y la inteligencia artificial la capacidad de discriminar a través de mejoras tecnológicas nos resitúa en escenarios peligrosos dado que, a la luz de 2026, no podemos dar por garantizado su uso y control desde posiciones éticas y morales, más bien lo contrario.  

En las sociedades en que vivimos el éxito económico se ha convertido en la medida casi exclusiva del valor personal. Productividad, eficiencia, optimización son palabras fetiche. Y, al mismo tiempo, y en completa sincronía, los más ultras blanden el “nosotros” como principio de exclusión frente a “los otros” sustentado de esta manera el avance de movimientos excluyentes que predican la idea de que algunos “sobran” y de que el Estado no debe proteger a quienes no encajan en una identidad o en un ideal productivo, o simplemente en “nuestros” usos y costumbres. 

Puede que la exclusión no se formule como exterminio como antaño, pero sí como estigmatización, abandono y desmantelamiento de redes de protección. 

De ahí nuestra preocupación. Por eso escribimos, por eso nos movilizamos y por eso apelamos hoy y siempre a una conciencia colectiva que acepte , integre y practique que todos los seres humanos somos iguales y todos somos diferentes. 

Enrique Monterroso Madueño et alt. José Antonio Medina Latinpress, Félix Martín Vilches, Javier Vázquez, Gerardo Coba, Manul Mellado, Pablo Osa, Antonio Núñez, Pedro Molina, Sacramento García, Soledad Gallego, Encarnación Delgado, Socorro Cordero, Pilar Martínez, Concepción García, María Amor Sa, Arturo Terrón, Aberto Camarero, Teresa Fernández, Louis Belllocq.

* Sobre Albert Einstein muchos expertos prefieren hablar de rasgos compatibles con el espectro autista. Durante la infancia, prefería la soledad, tenía una gran capacidad de concentración en temas abstractos y mostraba poco interés por las convenciones sociales. 

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress.es. emonte7@hotmail.com Colaboración especial para LatinPress®
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Marbella. — El Ayuntamiento ha reforzado su estrategia de prevención de incendios forestales con la aprobación de dos nuevos planes de autoprotección en zonas especialmente expuestas, una medida que consolida un modelo basado no solo en la planificación pública, sino en la corresponsabilidad vecinal. La decisión, anunciada por el portavoz municipal Félix Romero, forma parte de un programa que acumula más de seis años de desarrollo y que prevé alcanzar los 174 documentos aprobados antes del final del verano. Los nuevos planes afectan a Las Cumbres de Elviria y a Sierra Blanca, dos urbanizaciones enclavadas en laderas boscosas donde el riesgo se intensifica tras un año de abundantes lluvias. La paradoja es conocida: cuanto más verde el paisaje, mayor la carga de combustible en los meses de calor extremo. En ese contexto, el Ayuntamiento defiende haber delimitado prácticamente todas las zonas de peligro y haber articulado un sistema de alerta temprana. Pero el elemento más significativo no es técnico, sino político. Cada plan de autoprotección establece con precisión qué deben hacer los residentes, las comunidades de propietarios y los gestores privados en caso de emergencia. Aunque supervisados por los servicios municipales y de extinción, estos documentos trasladan parte de la responsabilidad operativa a quienes habitan esos espacios. En términos pragmáticos, la implicación vecinal tiene ventajas claras. En entornos urbanos dispersos, donde las urbanizaciones se adentran en el monte, la capacidad de respuesta inmediata es crucial. Los residentes son los primeros en detectar humo, los primeros en intervenir en tareas básicas de contención y, en muchos casos, quienes mejor conocen la configuración del terreno. La autoprotección, bien diseñada, puede reducir tiempos de reacción y evitar que pequeños conatos se conviertan en incendios de gran escala. Además, existe una cuestión de fondo sobre el alcance de lo público. La prevención y gestión de incendios forestales, especialmente en territorios donde la urbanización ha avanzado sobre zonas naturales, es tradicionalmente una competencia estructural de la administración. Cuando esta responsabilidad se comparte —o se desplaza parcialmente— hacia los vecinos, puede interpretarse tanto como una estrategia de eficiencia como una señal de los límites institucionales para cubrir un territorio cada vez más complejo. En Marbella el crecimiento urbanístico ha estrechado la frontera entre la ciudad y el monte, así que los planes de autoprotección no son solo una herramienta técnica, son también un reflejo de un modelo de ciudad que ha externalizado parte de sus riesgos. Funcionan, en el mejor de los casos, como un sistema de cooperación. En el peor, como un parche que traslada al ámbito privado lo que antes era una obligación inequívocamente pública.