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No Tenemos Arreglo

 



Latinpress.es 3 / 8 / 2020.
Esta vez no hay excusas posibles. Después de pasar un kirie con la primera oleada de la pandemia en la que se puso a prueba la capacidad de sufrimiento de la inmensa mayoría de españoles de todo tipo y condición confinados durante 50 días seguidos; después del Gólgota de ver cerradas nuestras empresas y lanzados a sobrevivir con un erte de 700 euros  a millones de trabajadores; después de soportar con angustia que un día sí y otro también te aporreen con los malos augurios  de que la economía se va a hundir y con ella millones de españoles; después de haber soportado la intemerata de tener que escuchar a la oposición de las derechas españolas anunciando el fin del mundo por culpa del gobierno, después de todo eso que debería haber generado una conciencia colectiva de respeto y de cuidados para frenar definitivamente al virus,  pues ahora nos encontramos con que no sólo el virus sigue vivo sino que va de rebrote en rebrote hasta que nos toque.

De momento dicen que controlados pero aquí, después de la nefasta experiencia de la primera ola en la que comprobamos que algunos no sabían ni sumar, la camisa no nos llega al cuerpo y estamos a la espera de que el doctor Simón anuncie que el contagio ya es comunitario y que no sólo se infectan los porretas y los temporeros sino que cualquier hijo de vecino está expuesto a contagiarse y contagiar a los demás.

Con lo fácil que es prohibir el ocio nocturno y las algaradas de la peña, con lo fácil y barato que hubiera sido tener un sistema habitacional digno para las personas que recogen la fruta; con lo fácil que es aplicar la regla de las tres emes: manos, mascarilla, metros… Pues nada, comenzamos a vivir en vilo, pendientes de las cifras y si nuestro alrededor pone cara de asintomático.  

Nos lo ha dicho también el Reino Unido, convertido una vez más en la pérfida Albión, que estamos surfeando la segunda ola de contagios muy alocadamente y para que la espuma del oleaje no les salpique ha impuesto una cuarentena obligatoria a todos los viajes procedentes de España.

Ven la paja en el ojo ajeno pero no ven la viga que tienen en su propio ojo pues allí siguen muriendo por coronavirus a diario montones de súbditos de su graciosa majestad.

La medida es, como dicen, la puntilla al sector turístico patrio pero también es el aviso por megafonía y en inglés de que el emperador está desnudo, algo que se veía a la legua y que se trataba de disimular con unos pareos de mercadillo mientras nos castigamos con unas cañas en la bodeguita de la esquina o en el chiringuito de la playa.

Digámoslo ya, la gestión de los rebrotes está siendo un desastre muy español y mucho español, propio de esta maldición que nos condena a tropezar cientos de veces en la misma piedra.

Ha sido eliminar el mando único y recuperar las comunidades autónomas las competencias sanitarias para ver aparecer la segunda ola acompañada de incompetencias e ineptitudes.

Parecía claro el camino que deberíamos transitar lo más coordinados posible: reforzar los recursos sanitarios, especialmente la atención primaria, y poner en marcha un eficiente sistema de rastreo que impidiera la transmisión comunitaria del virus. Como nada de esto se ha hecho adecuadamente, como seguimos a salto de mata, lo fácil ha sido culpar a los inmigrantes y a los jóvenes marchosos.

La responsabilidad de lo que está ocurriendo recae directamente en quienes en estos momentos ejercen las competencias en materia de salud pública, es decir las autonomías, aunque también hay que añadir el encogimiento de hombros del Gobierno dónde lo dejamos.

Con esto que llaman  la nueva normalidad, hemos entrado en la fase surrealista de la pandemia: quienes pedían el fin de la alarma y atribuían tics autoritarios a Pedro Sánchez exigen ahora al ‘dictador’ que vuelva asumir el mando único.

El caso es que las comunidades han recuperado competencias pero con una mano atada a la espalda y al albur de decisiones judiciales que han de interpretar si sus medidas se ajustan o no a legalidad vigente.

De las comunidades se esperaba la previsión suficiente para atender los rebrotes que estaban por llegar y que, al reanudarse la actividad económica y social, resultaban inevitables.

Ello requería dedicar fondos y personal a los centros de salud y no externalizar la vigilancia epidemiológica a teleoperadores de empresas privadas como ha hecho Cataluña y Madrid.

En un momento en que un amplio porcentaje de contagiados son asintomáticos, el descontrol en el rastreo es jugar a la ruleta rusa con el cargador repleto de balas.

El resumen es descorazonador: no se ha previsto lo evidente, no hay soporte legal -o, cuando menos, es interpretable- para actuaciones urgentes que impidan el descontrol de los contagios, y no hay datos fiables sobre la extensión del virus, ya sea porque no se comunican, se comunican tarde o por eso de que los peores ciegos son los que no quieren ver.

Lo único que nos preocupa es conseguir que los británicos no paren de venir a beber cerveza porque mientras llega la digitalización, la revolución verde y el nuevo modelo productivo seguimos siendo un país de camareros. Lo dicho: no tenemos arreglo.


 
 

 

 

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