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Gobernar con vilipendio en España

 



Latinpress.es 18 / 10 / 2020.
Una de las cosas más injustas que estamos viviendo en España, en estos meses de pandemia infinita, es la equidistancia en la que se parapetan quienes tienen problemas de conciencia  a la hora de establecer cualquier comparación entre  la mesura, bastante generalizada, de que hace gala el gobierno legítimo de la nación y los despropósitos que muestran las derechas en su permanente confrontación.

Ya sabemos que la política utiliza con demasiada asiduidad excesos verbales, hipérboles, demagogia en suma para calentar el ambiente.

En España, al menos sin demagogia y sin vilipendiar al que gobierna, es difícil ejercer la política. Como digo, es común  al ejercicio de la política pero, sobre todo, es un recurso casi indispensable cuando se está en la oposición. 

La necesidad de teatralización de  la discrepancia es imprescindible para lograr visibilidad. No hacerlo así equivale a ser o parecer  una oposición inútil al estilo del que muestra Angel Gabilondo en la Comunidad de Madrid – dicho sea en su favor-, pues este insigne profesor de filosofía no es capaz de mostrar la garra que espera la parroquia.

Nos recuerdan las encuestas, estos días,  que la confianza de la ciudadanía en las instituciones continua en sus horas más bajas. Principalmente en la política. El descrédito ya es una constante  en la percepción ciudadana, una percepción que parece haber empeorado tras la irrupción de la pandemia del coronavirus que está poniendo a prueba todo lo que se  menea. 

La crítica hacia la política no es nueva. Lo novedoso tal vez sea que, gracias al poder multiplicador de  las redes el ejercicio de la política en España, ha adquirido las dimensiones de un auténtico linchamiento.

Razones para el malestar las hay, cómo no. La principal  debería ser la corrupción pero no parece que sea eso lo que más molesta a los españoles. A la vista está.

Que los políticos y las políticas son manifiestamente mejorables aquí en España y en cualquier otro lugar es una evidencia en la que no merece la pena perder demasiado tiempo.

Pero eso es una cosa y otra el vilipendio  al que asistimos que tiene su origen en una cuestión  de percepción.

En cualquier democracia hay multitud de representantes políticos que realizan honradamente su trabajo, pero solo es noticia lo negativo.

El escándalo es noticia; lo que se hace aceptablemente bien, no.

A base de dar espacio y resaltar la bronca se consigue inocular opciones ideológicas interesadas. Todo de manual. Manual de Goebbels. Cito: cargar sobre el adversario los propios errores respondiendo al ataque con el ataque. “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”. Podía poner muchos más ejemplos, pero hoy lo dejo ahí.

Ejemplos de lo que digo los tenemos esta misma semana en la que hemos conocido un decreto del Gobierno de Coalición que regula la igualdad salarial entre hombres y mujeres o, un anteproyecto de ley que va a perseguir el fraude prohibiendo las amnistías fiscales, lo que puede suponer recaudar hasta 800 millones más al año, o el fin de un abuso – en palabras de Iñaki Gabilondo- de mantener un bloqueo para la no renovación de los jueces del CGPJ, algo a lo que por lo visto se resiste como gato panza arriba la derecha y la ultraderecha. Tres ejemplos que gran parte de la ciudadanía aprueba.  

El lenguaje crispado y, el mensaje de fondo que transmiten los medios de la caverna hoy en España, con su radicalismo intencional, ha extendido una mentalidad antipolítica en la mayoría de los españoles que afirman generalizadamente que todos los políticos son iguales.

Esta estrategia forma parte del guión para hacer caer al Gobierno salido del Parlamento.  Cuando la aritmética no les vale, el guión dice que hay que sacar partido de lo que haga falta. Y en esa estamos. 

Ahora bien, me pregunto y les pregunto: ¿Tiene sentido mantener al mismo tiempo una crítica feroz  hacia nuestros representantes políticos y exhibir la inocencia de los representados? 

Es imposible que unas élites tan incompetentes hayan surgido de una sociedad que, por lo visto, sabe perfectamente lo que debería hacerse.

Aquí se pone de manifiesto un modo de pensar que no se basa en la creencia de que el pueblo es igual que sus gobernantes, sino de que es mucho mejor que sus gobernantes.

Si los políticos lo hacen tan mal, no puede ser que los demás lo hayamos hecho todo bien. Ahí les dejo para que le den una vuelta.


 
 

 

 

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