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España: Bares o, escuelas

 



Latinpress.es 6 / 9 / 2020.
El  próximo día 10 abriremos nuestras escuelas, al menos en Andalucía. Y las abriremos  en mitad del caos y de planes improvisados para adoptar medidas que debieron ser previstas con meses, años de anticipación.

Personalmente no me ha extrañado esta falta de previsión. Lo sorprendente habría sido que un país, que abandonó de facto la educación  a su suerte hace décadas, hubiera hecho los deberes a tiempo. La educación no es prioritaria.

El fútbol,  las playas, las  corridas de toros y el ocio nocturno, en cambio, sí han mostrado ser las verdaderas prioridades en España tras meses de confinamiento, y bien pronto se adoptaron las medidas oportunas para su funcionamiento más o menos con normalidad.

La comprensible decisión de intentar reabrir el país cuanto antes para salvar la temporada alta del turismo —“salimos más fuertes”, decía el lema gubernamental— lo dice todo o casi todo. Así es que no nos quejemos demasiado.

Porque fue esa rapidez aplicada a  dichos sectores lo que, de alguna forma,   puede considerarse como  una declaración de intenciones sobre el concepto de país.

La educación no entra ahí. A pocas semanas del comienzo del curso es cuando los gobernantes han decidido abordar lo que consideran menos urgente: la educación de millones de estudiantes, única compensadora de tantas y tantas desigualdades.

Atrás quedan meses desaprovechados, advertencias ignoradas y planes por hacer.

La falta de previsión que ha sumido en el desconcierto la reapertura de las escuelas es parte de una gestión lastrada por la lentitud de reacción por parte de los gobiernos central y autonómicos.

Baste para ello la imagen del profesorado madrileño soportando hasta cinco horas de cola – al más puro estilo bolivariano- para hacerse un PCR, al estilo bolivariano, humillados por su presidenta de Comunidad a escasos días de la apertura de centros. 

España va a abrir los colegios sin cumplir los requisitos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de los expertos  para una apertura segura del curso escolar que hablan de  mantener un número de contagios inferior a 25 casos por cada 100.000 habitantes, cifra que se supera en casi todas las comunidades españolas  y muy especialmente en Madrid. Y  una bajada de las ratios a la mitad de las cifras actuales.

El riesgo  que corremos es que nuestros estudiantes, que el curso pasado obtuvieron un aprobado general, reciban un segundo año de enseñanza mediocre e incompleta. Si hay un país que no se lo puede permitir, es España.

Y es que la pandemia ha desnudado un modelo escaso de medios, con un profesorado mal pagado y desmotivado, planes de estudio un tanto desfasados  y una creciente desigualdad que permite a las familias con dinero eludir las carencias del sistema con apoyo extraescolar, enseñanza privada o cursos en el extranjero para sus hijos por poner un ejemplo.

Mientras cierta autocomplacencia se instalaba en el gobierno central, las autonomías recuperaban las competencias en sanidad y educación sin haber organizado los sistemas de rastreo y seguimiento de contagios que han demostrado su efectividad en otros países.

El resto es un resumen de la historia reciente de España: las derechas españolas peor preparadas de la democracia hechas un basilisco  peleándose sobre quién tiene la culpa de un fracaso colectivo como el que vivimos.

Todos, asumámoslo,  hemos sido incapaces de consensuar una ley educativa en más de cuatro décadas de democracia.

Durante años se han perdido más energías en discutir si la asignatura de religión debía contar para las notas  que en lograr que los alumnos dominen el inglés, comprendan un texto, se expresen con propiedad y coherencia o adquieran conocimientos mínimos en ciencias y humanidades.

La pasada gran crisis/estafa de  2008 pudo haber sido aprovechada para llevar a cabo esa reforma educativa. En su lugar, España optó por recortar en educación, mantener a los profesores en situación precaria y eludir cualquier reforma de calado. Si la historia es prólogo, vamos camino de repetir el error.

Estamos en  un escenario que compromete el futuro: nuestra excesiva dependencia del turismo y los servicios, que ocupan a más de la mitad de los españoles,  ha puesto de relieve  la fragilidad de ese modelo.

Esto, unido al hecho de no contar con un modelo educativo generador y potenciador de talentos y  oportunidades puede resultarnos muy perjudicial pues puede condenar a   otra generación a la precariedad y las desigualdades que ello conlleva. 

Algunos países asiáticos son grandes ejemplos del poder transformador de la educación en las últimas décadas. 

Pero no hace falta mirar tan lejos: Portugal, nuestro vecino de la península ibérica, emprendió a partir del año 2000 profundas reformas educativas que han dado un giro a sus resultados y equiparado a sus estudiantes con los mejores de Europa gracias a una escuela pública de calidad.

Necesitamos  una revolución educativa a la portuguesa, empezando por la formación de los profesores y un cambio en la cultura de permisividad y excesivo consentimiento de los padres hacia sus hijos.

Hacen falta muchas más cosas como más tecnología, planes de estudio innovadores, metodologías de aprendizaje adecuadas, y hacerle hueco al pensamiento crítico y las humanidades.

O sea, hace falta dinero, algo que hay que prever en los presupuestos del Estado. Y ese cambio llegará cuando la propia sociedad  cambie sus prioridades.

Mientras esas prioridades no cambien para el conjunto de la sociedad, tampoco lo harán  los políticos. Y seguiremos siendo el país donde la educación nunca le gana un pulso a un buen cubata.

Pobre la sociedad cuyos dirigentes políticos no cuidan, no tratan bien, no quieren a su profesorado, porque es una sociedad sin futuro.

Colaboración especial para LatinPress®. La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress


 
 

 

 

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