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OPINIÓN
 
LatinPress®. 30 / 9 / 2020. España. Enrique Monterroso Madueño

El virus de la desigualdad

   

A medida que pasan los días vemos más claro que este virus del COVID 19 se solapa con otro virus, el de la desigualdad, que lleva décadas creciendo y que está a punto de mutar a su vez  en el virus de la exclusión y de la segregación.

En los comienzos de esta pandemia creímos que el virus no entendía de clases. Pero pronto vimos que esto no era así, ahora  vemos rebrotes o segundas olas por todas partes y empezamos sospechar que, si bien todos somos iguales, hay unos que son más iguales que otros.

El virus se ceba con las zonas más pobres, con menos espacios y más reducidos, con menos servicios públicos, donde la mayor parte de las personas tienen empleos que los dejan más expuestos al contacto con terceros y sin posibilidad de teletrabajar, y viajan en un transporte público donde las más de las veces es imposible mantener la distancia de seguridad.

Y es que los pobres no sólo viven en peores condiciones que los pudientes sino que se mueven mucho.

El dato de Madrid es esclarecedor: nada menos que el 86% de la población trabajadora sometida a confinamiento de los barrios o municipios considerados con peores datos de renta tiene la imperiosa necesidad de salir a trabajar a las zonas consideradas ricas. O sea, que queda la duda de si el foco del contagio está en los lugares de salida o en los de llegada.

Lo cierto es que se puede afirmar que estamos ante un  patrón común en los contagios fruto de una realidad también común, que nos ha llevado a niveles de desigualdad económica crecientes.

Una desigualdad que, a su vez, es consecuencia de décadas de políticas y reglas de juego  centradas en recortes del gasto público y privatizaciones, de políticas fiscales regresivas, deterioro de los servicios públicos esenciales y salarios bajos. A grandes rasgos eso es lo que se percibe hoy en España.

Ahora bien, este patrón común permite observar que España contiene en su interior enormes diferencias entre sus Comunidades y dentro de las propias comunidades como estamos viendo estos días en Madrid donde las cifras de contagios, de hospitalizados y de muertes muestran una desigualdad tan grande en función de la renta media de los distritos y municipios.

Y es que esta pandemia se desarrolla sobre realidades muy desiguales. Muchos organismos internacionales y, economistas, nos alertan de que, si no acertamos con las políticas aplicadas, las desigualdades crecerán más  lo que nos conducirá a una profunda  crisis social  de consecuencias imprevistas y, muy posiblemente, nefastas. 

Acertar con las medidas es, por tanto, fundamental. Hay que combinar las de corto plazo, detener los contagios, con otras de medio plazo, que frenen y reviertan los altos índices de desigualdad. Porque, de no ser así, la frustración de la población más afectada, a base de estigmatizarla, puede ser difícil de manejar. Cuidado con esto.

Ejemplo de lo que digo son las protestas de la ciudadanía del sur de Madrid que están denunciado las medidas que ha adoptado su presidenta, cuyo nombre no quiero decir,  con frases como éstas: “En lugar de proteger, cuidar y prevenir que la población más vulnerable de nuestra ciudad sufra como está sufriendo las mayores tasas de contagios, han optado por la estigmatización, la exclusión y la discriminación territorial [...].

Somos la mano de obra barata de esta 'ciudad global’, somos el lugar donde se ubica todo lo que la ciudad necesita pero le molesta”.

Tenemos que tomar esta indignación muy en serio porque no estamos ante una frivolidad tipo  caceroladas del barrio de salamanca en pleno confinamiento, sino que son expresión clara de la denuncia de  un sistema desigual y de unas políticas injustas y equivocadas.

Necesitamos políticas en las que todas las personas cuenten y que garanticen unas condiciones de vida dignas a todas las personas de todos los territorios, incluidos los del sur de Madrid.

Y necesitamos empatía y ponernos en la piel de esas personas que, como en Madrid,  estarán confinadas en sus barrios de residencia, pero no en aquellos donde trabajan. Para ello debemos acertar no sólo con las medidas más inmediatas sino  mostrar una responsabilidad individual impecable  en todo momento  y tener presente la dignidad de las personas más vulnerables. Esperemos.


Colaboración especial para LatinPress®. La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress

   
 

 


 
     
 
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