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Fabrizio Reyes de Luca
Ecuador.

   
   
 

LatinPress 29 / 1 / 2020. Fabrizio Reyes de Luca. Ecuador.

   

La lógica al revés

 

Si de algo estoy absolutamente convencido, es de que una sociedad no se puede desarrollar ni hacerse fuerte, en tanto no sean fuertes sus instituciones y en tanto los ciudadanos no asumamos nuestros roles, cumpliendo con nuestros deberes y exigiendo nuestros derechos, pues rindiendo reverencias a ciegas a quienes administran la cosa pública, a quienes desempeñan un determinado cargo de libre remoción, renunciando a nuestro legítimo derecho de exigir cuentas claras; no es posible lograr un adecuado estadio de desarrollo social.

Esto es así, porque conforme lo consagra nuestra Carta Magna, en su artículo 1, al referirse a la soberanía popular: “La soberanía radica en el pueblo, cuya voluntad es el fundamento de la autoridad, y se ejerce a través de los órganos del poder público y de las formas de participación directa previstas en la Constitución”.

De igual manera, nuestra Ley Suprema, en su artículo 3, consagra entre los deberes primordiales del Estado: “8. Garantizar a sus habitantes el derecho a una cultura de paz, a la seguridad integral y a vivir en una sociedad democrática y libre de corrupción”.

En consecuencia, esa representación del pueblo que ejercen los dignatarios de elección popular, es la que está no sólo en el deber, sino en la obligación de ajustar sus actuaciones al orden constituido, y si en el ejercicio del poder que le ha sido delegado se aparta del mismo, está el auténtico soberano, que es el pueblo, en pleno derecho de exigir el cumplimiento de sus obligaciones.

Ahora bien, aunque nos duela admitirlo, lo que hemos venido observando en la sociedad ecuatoriana, con honrosas excepciones, claro está, es que lejos de exigir sus derechos, muchos terminan endiosando a sus representantes o mandatarios, pensando equivocadamente que por el hecho de tratarse de ellos hay que aplaudirles todo, perdonarles cualquier desliz cometido y no exigirles nada en el ejercicio de sus mandatos.

Y lo que es peor aún, renunciando al derecho de exigir cuentas claras, en lo que podemos llamar una lógica al revés, arremeten también en contra del ciudadano que en su legítimo derecho las exige, y bajo esos criterios es obvio que no podemos aspirar a que la sociedad se desarrolle, sino todo lo contrario, mandando con esto una pobre señal al verdadero soberano, que como se indica es el pueblo, y extendiendo a su vez una especie de patente de corso a su representante, dejándole el camino libre para que haga lo que entienda y lo que le venga en gana, cuando de lo que se trata es que precisamente, en tanto es nuestro representante, ajuste sus actuaciones, en los términos que establecen la Constitución y las leyes de la República.

Pero para que nuestros representantes ciñan sus actuaciones al marco jurídico existente, para que sus acciones estén permeadas por la ética, la moral, la transparencia y la rendición de cuentas, se requiere de ciudadanos no solo conscientes de su rol, sino capaces de exigirlo en cualquier terreno, con independencia absoluta, óigase bien, con independencia total de quién o de quiénes se trate, puesto que mientras más altas sean las funciones asignadas y los poderes otorgados, mayores serán las responsabilidades de cara al pueblo.

Ahora bien, si ese pueblo no sólo cierra sus ojos ante el incumplimiento de las responsabilidades de sus representantes, sino que además apoya las inconductas y las defiende, ya sea por ventajas personales, por cobardía o por cualquiera otra razón, llegando incluso a denigrar y denostar al que sí ejerce su rol, termina siendo cómplice y bajo esos parámetros, es obvio que no puede ese pueblo, pensar si quiera en que tendrá una sociedad civilizada y desarrollada.

Bajo esos predicamentos, es claro que las inconductas e inmoralidades, lejos de ser ejemplarmente castigadas, terminarán siendo vergonzosamente premiadas, ocurriendo precisamente lo opuesto respecto a las buenas acciones.

Admito pues, que parte de esto estriba en la falta de carácter de un gran número de los ecuatorianos, que lejos de exigir sus derechos, terminan no sólo guardando silencio, sino justificando a quienes precisamente se los viola.

A propósito, cabe recordar una frase célebre del escritor y periodista británico, George Orwell: “Un pueblo que elige corruptos, impostores, ladrones y traidores, no es víctima, es cómplice”.

Al delegatario del poder no hay que endiosarlo ni rendirle pleitesía, más bien se le debe exigir el fiel cumplimiento de sus responsabilidades.

Si cumple con estas, aplaudámosle pues, independientemente de quién las realice, pero igualmente critiquémosle y exijámosle cuando no sea así, pues solo de esta manera, estaremos en condiciones reales de ir creando las bases para vivir en una sociedad cada vez más organizada, que no puede depender solamente de personas en particular, sino de instituciones democráticas en general.


La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress.es Colaboración especial para LatinPress®.

   
 
 
 




 
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