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Nación flotante

 


 

Latinpress.es 6 /11/ 2019. La historia de la paloma enviada por Noé a investigar si el diluvio universal había concluido, es un apercibimiento bíblico de que la habitación humana permanente no es posible fuera de la “tierra enjuta”.

Fue la manera que utilizó el patriarca navegante para adelantarnos el undécimo mandamiento: “Honrarás al mapa que te encierra dentro de un país, para lo cual siempre tendrás dirección fija además de la del email”.

Se entiende que el gran navegante de un solo viaje no pudiera prever las excepciones que significan los trashumantes -por ejemplo los pastores mongoles y lapones y los ketos de Siberia- a los que no les preocupa ser poco menos que ilocalizables, las distintas categorías de refugiados y los que carecen de techo, los que viven sobre ruedas y aunque no se muevan de un lugar durante años conservan la opción de trasladarse en cualquier momento a cientos de kilómetros de distancia, y también los que, como los habitantes de barcazas en Ámsterdam o en Hong Kong, no viven en tierra seca, solo están atados a ella; tampoco faltan los que trabajan en el mar dedicados a la pesquería y casi nunca bajan a tierra, así como los delincuentes que permanecen en alta mar con el fin de eludir a la Interpol.

Cada uno de esos grupos incide a su manera sobre el medio ambiente y podemos confiar en que ya alguien escribió una tesis de licenciatura o de doctorado sobre los diferentes tipos de contaminación que generan.

Sin embargo, es curioso que hayamos leído o escuchado tan poco a propósito del millón y resto de personas que viven en el aire.

No, no hablamos de los distraídos, esos viven en la luna. Nos referimos a los habitantes de las diez mil aeronaves de línea que, según se informa, vuelan en cada momento de las 24 horas del día de los 365 días del año.

Sabemos, por supuesto, que no son siempre las mismas personas las que ocupan esos vuelos, pero no hay que ser un observador refinado para descubrir que, aun cuando en los aeropuertos hay un régimen de relevo muy acelerado, ministros, obispos, rectores, influencers, parlamentarios, deportistas de élite y estrellas del espectáculo -como, por ejemplo, los políticos- son miembros casi permanentes de esa nación voladora.

Esta es, sin duda alguna, la población más contaminante del mundo en términos absolutos y relativos.

Tomemos nota, no más: para mantener en vuelo a ese millón y resto de animales pensantes se consumen, por cada hora y por cada cabeza, más de 22 kilos de combustible que, a su vez, generan más de  66 kilos de dióxido de carbono (CO2), de manera que -confíen sin temor de nuestros cálculos- el país de los cielos, aunque pequeño comparado con España, emite al año más de 6 mil millones de toneladas de CO2, equivalentes a alrededor del 14% de la totalidad de las emisiones antropogénicas de ese gas.

Es decir, cada uno de los encapsulados habitantes del aire contamina más que mil de los desdichados que permanecemos en el suelo.

Eso explica la gran alegría que sentimos cada vez que, a causa de una insurgencia, de un malentendido diplomático o de una fenómeno natural, los gobiernos se ven obligados a suspender una reunión internacional de burócratas.   


La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress.es
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