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La izquierda venezolana, su imagen y su fracaso

 



Latinpress. 21 / 7 / 2019.
Que Nicolás Maduro continúe como presidente de Venezuela no ha supuesto que la izquierda venezolana y latinoamericana se haya fortalecido. Tampoco que la ideología bolivariana sea la dominante en su país.

Frente a esa realidad, y al fracaso de la presión internacional contra los chavistas y Maduro, las consecuencias hoy día más visibles son: la inoperativa función de Guaidó, la profundización de la frontera entre la derecha y la izquierda internacional y, la reiterada pregunta de si el proceso bolivariano es una dictadura o una democracia.

Si esta es la situación donde se mueve Venezuela, entonces de lo que se trata es del papel de Guaidó desde que se autoproclamó presidente, de su pifia en el concierto de Cúcuta, de su progresiva desaparición en los medios internacionales y, de su acierto noticioso con el refugio de Leopoldo López en la embajada de España en Venezuela. Pero también se trata de que Maduro dijera públicamente en septiembre de 2017, que él no hablaba por hablar y que si era necesario, se convertiría en dictador para controlar los precios.

Ese discurso, encolerizado, provocó que la izquierda venezolana cuestionara si su máximo líder les representaba, y si lo único que sustentaba esa democracia eran las elecciones habidas.

Lo cierto es que después de todas esas noticias y valoraciones, la rica y desvanecida Venezuela ha dejado de aparecer en las primeras páginas.

Si conviniéramos en que la izquierda se caracteriza por la lucha política a favor de las masas desprotegidas y, por la ideologización para fortalecer la lucha de clases y consolidar su socialismo, el presidente venezolano no ha tenido el éxito esperado, pero Guaidó tampoco ha logrado que un mayor endurecimiento internacional contra Venezuela, incluyendo la primera denuncia de Michelle Bachelet y su posterior rectificación sobre los derechos humanos en ese país, haya funcionado.

Parece evidente que el socialismo del siglo xxi se ha roto; que no ha sido capaz de impregnar, incluso en su mejor momento, su impronta ideológica sobre los venezolanos que nunca le han apoyado. Más bien, su nueva clase en el seno del poder - utilizada como herramienta de sustento de largo plazo – ha propiciado la ruptura entre los líderes y sus representados y, entre los bolivarianos y la oposición.

No se trata de la ausencia de Chávez o de la incapacidad de Maduro, todo sugiere que a ambos este destino de inestabilidad les hubiera alcanzado.

Con toda la riqueza del país, la renta petrolera (los ingresos del país calculados en un 90% para 2018), ha sido, y es, el apoyo principal de toda su población, pero también el origen de todas sus contradicciones e incertidumbres. Chávez en sus 14 años de mando no industrializó el país y, Maduro, en sus 6 años, tampoco; 20 años para exportar su gran crisis y también para decirle al mundo que los demócratas venezolanos de siempre no son de fiar.

La imagen y la caída de votos


Un hecho significativo es que los partidos tradicionales (conservadores o socialdemócratas) locales, regionales, norteamericanos y europeos, se han visto favorecidos por la mala imagen de la izquierda bolivariana.

Sin disfrutar del apoyo mayoritario del electorado esos partidos se pelean por el centro político, nada de una izquierda radical; un buen ejemplo es España que pasando por un total descrédito político todo indica que esos partidos tradicionales se mantendrán como principales contendientes; incluso el supremacista Trump pudiera volver a ganar las elecciones.

Nos referimos, más bien, a que el socialismo del siglo xxi ha perdido adeptos y desorientado a sus votantes y simpatizantes, a que no ha sido capaz de colmar el espacio que reivindicaba y que dejó vacío la corrupta democracia venezolana habida entre 1959 – 1998 (39 años).

En 2018 el socialismo bolivariano con Maduro al frente logró 6.2 millones de votos y su opositor, y único candidato, Henri Falcón, 1.9, pero en ese año, cuando el número de electores fue el más alto, 20.5 millones de personas, la participación fue de 9.3 millones de electores (46.7%), la más baja desde 2006, lo que se tradujo en una abstención del 54%.


Elecciones

1998

2006

2012

2013

2018

Presidenciales

Millones

Millones

Millones

Millones

Millones

Socialismo

3.673.685

7.309.080

8.191.132

7.587.579

6.248.864

Total Oposición

6.537.304

4.321.072

6.681.607

7.402.964

1.927.958


En 2013 Maduró liderando el socialismo venezolano (14 partidos), alcanzó los 7.6 millones de votos y Henrique Capriles, más el resto de la oposición, lograron 7.4 millones con una población electora de 18.9 millones y una participación de 15 millones (79.68%).

En 2012, Hugo Chávez, más el resto de los partidos socialistas, sacaron 8.1 millones de votos y Capriles 6.591.304 millones, más el resto de la oposición para llegar a 6.681.607 votos; la población electoral fue de 18.9 millones y, la participación  fue de 15.2 millones (80.49%).

En 2006 Chávez, acompañado de los partidos socialistas venezolanos, logró 7.3 millones de votos y la oposición en su conjunto 4.3 millones. Del total de inscritos, 15.7 millones de votantes, la abstención fue del 25.3%, unas 4 mil personas.

En 1998 la  población llamada a votar era mucho más pequeña, 11 millones de personas, Chávez logró 3.7 millones y su seguidor más cercano, Henrique Salas, 2.6 millones a los que se sumaron los del resto de la oposición para llegar a 6.537.304 millones de votantes. La abstención llegó a los 4 millones de electores (36.55%).

Es relativamente fácil asegurar que el endurecimiento del Estado como herramienta para consolidar el socialismo del siglo xxi, no ha favorecido a la izquierda venezolana ni a la internacional; incluso la amenaza de Maduro de convertirse en dictador por el bien de su pueblo puede valorarse como el detonante de un proceso que tuvo tintes democráticos.

Venezuela ya no guarda ningún tipo de apariencia, todo está al descubierto, lo único intacto que se mantiene son los descoloridos discursos del presidente y un aparato del Estado que ha creado un sinfín de redes clientelares que funcionan como una correa de transmisión de las decisiones del poder político.

Sin la existencia de lo que se apostó por llamar - con la aparición de Guaidó - el “doble  poder”, Maduro campea como si su aventura hubiese tenido éxito, pero esto no es más que otro aspecto de una situación en la que nadie duda de la decepción ideológica bolivariana y, que todo es cuestión de tiempo.


 
 





 
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