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Rafael Peralta Romero
República Dominicana

   
   
 

LatinPress. 19 / 10 / 2019. Rafael Peralta Romero. República Dominicana.

   

Voces y ecos: Autócratas y monigotes

 

El autócrata  llega a creer las fantasías que en torno a su  persona y presuntas  dotes  de gobernante excepcional pregona su  coro de aduladores.

La primera consecuencia de este fenómeno  es la disposición de perpetuidad en el poder de ese a quien han  definido  como “necesidad nacional”, “el ungido” o  “el centro que cohesiona”.

El  máximo efecto  derivado de eso consiste en que el autócrata  llegue a creer que sus niveles de control social y de los órganos de poder son tan absolutos, que le permiten gobernar a través de  otra persona.

Desde luego un monigote, quien reconocerá siempre en el autócrata a un ser superior con derecho a impartirle instrucciones.

No son muchos los casos en la historia dominicana, pero resulta inocultable que durante la tenebrosa era de los Trujillo, la figura principal, Rafael L. Trujillo, cedió la presidencia de la República a cuatro individuos que  firmaban decretos, usaban la banda presidencial y a la vez reconocían en el dictador a su jefe inmediato.

Estos monigotes  ocupaban una oficina en el Palacio Nacional, y por  igual el generalísimo Trujillo, quien tocaba una chicharra cuando requería en su despacho la presencia del presidente de la República o de otros  funcionarios. El tono variaba según a quien quisiera llamar el autócrata, cuya  voluntad  era la suprema ley.

En elecciones sumamente cuestionadas, el general Rafael L. Trujillo fue elegido presidente para 1930-34. El candidato contrario, Federico Velázquez, se abstuvo.  Cuatro años después Trujillo logró  la reelección, sin oposición.

Cumplido el cuatrienio  1934-38,  se sentía dueño de la situación, ya era “el perínclito”, “el benefactor”.

Decide tomar unas vacaciones y  demostrar que estaba por encima de todos y de todo. Hace elegir para el período 1938-42  a un  hombre muy suyo: Jacinto B. Peynado, quien  arbitró las primeras elecciones ganadas por Trujillo, pero su mérito mayor era haber  colocado sobre su casa el ingenioso letrero “Dios y Trujillo”, luego lema oficial.

Peynado muere en 1940 y es sustituido por  Manuel de Jesús Troncoso, quien “gobierna” hasta  1942, cuando asume de nuevo el autócrata, entonces con períodos de cinco años. Se mantiene tres quinquenios, es decir hasta 1957. Toma otro receso y llama al tercer  monigote, su hermano favorito, Héctor Bienvenido Trujillo.

Gobernaría de 1957-62, pero la presión internacional lo hizo  renunciar el 3 de agosto de 1960, cuando   asume el más inteligente y dichoso de los monigotes: Joaquín Balaguer.

En 1961 unas balas enfermaron al autócrata –son mortales-  y Balaguer, tras meses de gobierno,  huye al exilio. La autocracia es una expresión de la vanidad del poder, se esfuma.


La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress.es rafaelperaltar@gmail.comColaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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