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Francisco Javier González
España

   
   
 

LatinPress. 12 /12/ 2015.

   

Surrealismo lagunero de los sesenta.

 

Bastante harto de una campaña electoral insulsa y antideológica y hasta pervertidora por la corrupción que arrastran muchos de los aspirantes, en lo que el PP se lleva la palma de oro, y a la que, desde mis islas, siento como extranjera aunque, por supuesto, que me acerco más a algunos por sus aspectos sociales y soberanistas que al españolismo puro y duro, pero ninguna opción plantea, a mi juicio, el problema cardinal de Canarias que es, pura y simplemente, la Descolonización, me apetece por ello salirme de la confusa neblina –que contribuye a neblinar más aún a nuestras conciencias- y tratar, de nuevo, un tema que ayuda a definir lo que somos como canarios.

Mi vieja Aguere -Canarias toda- siempre ha sido surrealista con pasadas de soslayo por el realismo mágico que, también en una buena dosis, es consustancial a las gentes que, como nosotros, vivimos en una especie de burbuja atemporal, indefinida, deslocalizada  y ageográfica, en que todo tiene un trasunto mágico, tanto que en la Cuba colonial creían que las brujas, noche tras noche, cabalgaban sus escobas desde Canarias a las calles de la Habana y a los campos de Matanzas, Pinar del Rio o Sancti Espíritu y de madrugada regresaban a las islas.

A ese realismo mágico hay que añadir, obligatoriamente, el toque surrealista, omnipresente desde siempre, pero admitido públicamente desde aquel mayo del 35 cuando André Bretón, que vino a Tenerife, invitado por “Gaceta de Arte” para la Exposición Surrealista que se hizo en el Ateneo aguerense, definió a Tenerife como “Isla Surrealista”.

Aquí se elaboró aquel Manifiesto Surrealista firmado por Bretón, Oscar Domínguez, Benjamín Péret, Domingo Pérez Minik , Eduardo Westerdhal, Pedro García Cabrera, Agustín Espinosa -todos represaliados y presos desde el 36- y Domingo López Torres, con menos suerte, vilmente asesinado por el fascismo español en 1937. Nuestro natural surrealista inspiró dos obras de Bretón, “L’Amour fou” y “Le château étoile”. Lastimosamente, Bretón no conoció toda Canarias, que hubiera sido para él un continuum surrealista.

El lagunero –de la calle Herradores- Oscar Domínguez, llevó nuestros guanches, sus cuevas y sus dragos a su particular visión vital, como Juan Ismael lo hizo a la suya, visiones que se prolongan en el tiempo hasta los alardes fetasianos del maestro del Conjuro en Ijuana, Isaac de Vega, y de mis desaparecidos amigos Rafa Arozarena –que muchos libros de editoriales sudamericanas hizo circular en esta isla-, Antonio Bermejo que, “cerveza de grano rojo” en mano, lleva ya 20 años habitando en aquel château étoile bretoniano y mi profesor de química y auténtico filósofo del grupo que fue José Antonio Padrón.

Es la misma mezcla de surrealismo y realismo mágico –territorio natural de San Borondón- que nos acompaña desde el inicio de la colonización ¿Cómo si no calificar la colección de disputas entre nobles y reyes hispanos para ostentar el título de “señores” de unas islas que aún estaban en manos de nuestros antepasados? ¿Y la grotesca procesión en la papal corte de Avignon para celebrar la cristianísima coronación como Rey de Canarias del infante Luis de la Cerda –que jamás puso sus reales patas en Canarias- procesión con la que acabó la lluvia por la vía rápida? ¿Y el hecho de que sea el Deán Bermúdez, en representación del Obispo Frías –ocupado en España en el cobro de las indulgencias- el Primer Capitán para la conquista de Tamarán y que su eclesiástico pendón sea el que se alce sobre el Guiniguada proclamando la victoria de los invasores?


También es hoy pura inversión surrealista de la realidad el soportar estoicamente un gobierno autointitulado “nacionalista”, formado mezclando lo más rancio del insularismo feroz con las más hispanas esencias, alternando sus alianzas entre el postfranquismo pepero y asalmonado con las descoloridas huestes psoísticas en que el rojo primitivo no llega ni a rosa ¿Y cómo llamamos al hecho de que la esposa del último ex-presidente -y ex maestro- “nacionalista” oficie como madrina de una bandera de guerra para la Armada Española y, para más inri, vaya ataviada con traje, peineta y mantilla “española” por la que el erario público canario –que parece más bien un erario privado- pagó más de 1.200 euros y que, su sucesor como presidente de esta pseudoautonomía, se afuche ante el Borbón que ejerce como rey en España, ganándose así el sobrenombre de “El Genuflexo”?.

Este es el surrealismo en negro, contrapunto y reverso del pujante y vivificador de Bretón, de nuestro Domínguez y de los hombres de Gaceta del Arte.

¿Y qué decir de los personajes populares laguneros? ¿Recordamos la mezcla perfecta de surrealismo y realismo mágico –habría que inventar una palabra para definir este estado mesturado- que significaba Alberto “El Medallas”, con su chaqueta negra y el pecho cuajado de condecoraciones y cruces varias, dirigiendo solemnemente el tráfico en los alrededores de la Concepción? ¿Y qué decir del barbero Maestro Fariña que embulló socarronamente a un crédulo mago de algún lugar perdido de la Anaga lagunera a plantar fideos y regarlos a diario para que crecieran? ¿Y del General Fagón que, cuando crecía el barranco de La Carnicería con las lluvias, llamaba a gritos pidiendo el auxilio de un “practico” pa’cruzarlo, o de su inseparable compañero Daniel el Güevudo, de Elvirita –imagen especular de la grancanaria Lolita Pluma- o de…….? Son tantos que llenarían una enciclopedia popular.

Un último ejemplo de puro surrealismo lagunero.

Allá, en el primer tercio de los 60 del pasado siglo, la piqueta inclemente echaba abajo hermosos edificios laguneros para convertirlos en solares.

Así sucedió con el edificio modernista y bello del Casino de La Laguna que, aparte de la sociedad, albergaba también el “Bar Alemán” con aquella sabrosa ensaladilla blanca, servida por un circunspecto Federico Salamanca con su corbatita de pitigüey sobre su impoluta chaqueta blanca y donde -como también en el Ateneo- se celebraban los bailes estudiantiles de la tarde/noche de San Diego.

En esa baraúnda de derribos urbanos, la presión de la constructora de la entonces Caja General de Ahorros y Monte de Piedad de Santa Cruz de Tenerife –hoy CajaCanarias- decretó la muerte civil de las “Galerías Macías del Toro” que ocupaban la planta baja del edificio de la Calle Carrera, junto al Hotel Aguere y frente al ya centenario Teatro Leal. Sería para el progreso, supongo, y para lucir un hermoso balcón canario de arriba a abajo de la fachada, uno de cuyos pisos compraron y ocuparon mis padres y, hoy, sigue en él mi hermana May, pero alguna pequeña parte de nuestra intrahistoria se fue proa al marisco.

En aquella entrañable galería de arte, arropada por el bar que tenía hacia la calle en la parte delantera Toñi Macías que rivalizaba con “El Congo”, -enfrente y pegado al Leal- y sede de otros artistas como Erik Cichosz o personajes como el fernandino William Jones, era donde exponían los artistas laguneros de mi echadura, como José Luis Fajardo, Meco, Pepe Hernández Abad…. y algunos foráneos como los primeros trabajos del ya desaparecido Eduardo Urculo, entonces recién llegado a Aguere desde el destierro franquista en los cuarteles coloniales del Aaiun.

Urculo, luego famoso por sus pinturas y esculturas –de las que es una buena muestra “Equipaje de Ultramar” colocada en la antigua Plaza de los Paragüitas de Puerto Cabras- pero en ese entonces joven y desconocido, inauguraba una de sus primeras exposiciones de pintura. Esa presentación fue una muestra más de este surrealismo vivencial omnipresente en ésta Canarias nuestra.

Quiero recordar la inauguración –la fecha ya se me ha borrado del magín- pero la vivencia persiste. Los asistentes eran casi todos amigos, muchos morando ya entre las estrellas, Eduardo Westerdahl con Maud, Pérez Minik, Arozena, Carlos Pinto, José Manuel Cervino, los hermanos Fajardo, Pepe Abad, Toñi Macías, Daniel Piñeiro, Luis Junco……Para llenar algo más una sala que era muy grande, Urculo salió a la calle y, con la promesa de una ronda de buen tinto tacorontero, reclutó a los vinófilos, abundantes en la vieja Aguere, trayéndose a los que estaban en el bar de Toñi, en El Congo, y en todos los alrededores, incluyendo algunos críos a los que prometió caramelos.


Fue todo un éxito de un atento público -pendiente del estipendio final en especie- y, al terminar, se dirigió Urculo a su tocayo Westherdal –que lo influyó de tal forma que hasta hizo un inciso en su pintura de “expresionismo social” para hacer unas obras abstractas- y le dijo: “Esto no le pasó ni a Bretón cuando estuvo en La Laguna”.  Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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