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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 4 / 3 / 2019. Fernando Durán Ayanegui. Costa Rica.

   

Polígono Internacional: Rememorando

 

Corría 1954. La United Fruit Company, con la ayuda abierta del gobierno de Estados Unidos, había derrocado a Jacobo Árbenz, Presidente democráticamente electo de Guatemala, y había impuesto al mercenario Carlos Castillo Armas como sátrapa del país centroamericano.

En el instituto politécnico de Ceiba del Agua, Cuba, mi profesor de química orgánica, un republicano catalán exiliado en la Isla, quiso expresar su indignación y, con voz entrecortada y mirándome a mí, su único alumno centroamericano, dijo solamente: “Lo siento, jóvenes, la historia de estos pueblos es la de la lucha entre los Milciades y los Hipias”.

En aquella escuela no recibíamos cursos de historia universal, así que tuvimos que ir a la biblioteca para saber que se refería a algo ocurrido en el año 490 antes de Cristo, en la península griega de Ática.


Había una guerra y se avecinaba una batalla. Se enfrentarían, por un lado, la armada de Darío rey de Persia, enviada a castigar a Atenas y a otras ciudades de la península por oponerse a los designios del imperio más poderoso del momento; en el otro lado, estaría el modesto ejército de Atenas comandado por Milcíades, una fuerza muy inferior a la de Persia en número de combatientes y en equipamiento.

Entre los consejeros de los persas figuraba Hipias, un político ateniense venido a menos, quien contaba con partidarios en Atenas y participaba en la invasión contra su patria confiado en que premiarían su traición poniéndolo a cargo del gobierno de la ciudad con el título de sátrapa.

Para él, la muerte de miles de sus conciudadanos a manos de los persas era el precio justo –“la inversión a futuro”, como diría un émulo suyo 2509 años después en Sudamérica- que debería pagarse por su ascenso al poder.

Por recomendación estratégica del mercenario, el desembarco persa se produjo en la playa de Maratón, no muy lejos de Atenas.

De haber existido la televisión en su época, los analistas políticos y militares habrían explicado, en doctas mesas redondas, que aquello le deba al invasor asiático una ventaja topológica tan decisiva, que los persas se apoderarían de la ciudad de Atenas en pocos días, masacrarían a su indefensa población y luego Hipias se autoproclamaría sátrapa.


Pero la suerte es voluble. Los partidarios del traidor Hipias habían permanecido agazapados dentro de la ciudad de Atenas junto a los viejos, las mujeres y los niños, y por esa razón no pudieron ver cómo sus valerosos conciudadanos derrotaban estrepitosamente a la fuerza expedicionaria del Imperio.

Hoy, todos los aficionados a las competencias olímpicas saben que Milciades fue el vencedor en la batalla de Maratón, pero suelen ignorar que Hipias no alcanzaría siquiera a reincorporarse a la corte de Darío porque murió en el camino de retorno a la corte de su amo.

Castillo Armas fue tan solo uno de los Hipias que siguen maculando la historia de Iberoamérica.


La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress.es Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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