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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 16 /5 / 2017. Fernando Durán Ayanegui. Costa Rica.

   

Polígono Internacional: Poesía y patriotismo.

 

En el discurso leído en Moscú, antes del desfile conmemorativo de la victoria de 1945 sobre la Alemania nazi, el presidente ruso Vladimir Putin dijo que “no hubo ni habrá fuerza que pueda con nuestro pueblo”.

Tal vez estaba pensando en el poema El lobo en la perrera, de Iván Krylov (versión en español leída por nosotros en Olga de Wolkonsky, Historia y evolución de la poesía rusa, Argentina, 1943).

En el texto de Krylov, un lobo busca meterse en el redil de las ovejas, se equivoca y entra en la perrera.

Perros y lobo arman un jaleo de órdago, el pastor despierta y la fiera, al verse perdida, intenta negociar con los canes jurándoles que, en adelante, respetará a las ovejas y, más bien, ayudará a cuidarlas; solo que en el acto aparece un cazador que, antes de soltarle los perros encima, increpa al invasor: “Oye, tú eres gris, mas yo, mi amor, canoso//Y como yo las costumbres del lobo conozco//Me he acostumbrado//A nunca hacer la paz con un malvado//Antes de haberlo destrozado”.

Ya que el poema fue publicado en 1812, ha de interpretarse, desde luego, que el lobo es Napoleón Bonaparte, pero la fábula será válida para cualquier depredador que intente invadir el redil ruso. Hitler, sin duda, nunca tuvo la oportunidad de leer a Krylov.

Por cierto, en la nota Primer período de la poesía soviética, la profesora Wolkonsky escribe: “como las hojas de un árbol durante la tempestad, todo se confundió… pero al pasar la furia del temporal se pudo ver que, si bien muchas hojas se habían perdido llevadas por el viento, y muchas cayeron, las que quedaban permanecían en sus lugares de siempre.

Así sucedió con los poetas de Rusia; con la revolución, muchos desaparecieron del círculo al dejar las fronteras de la patria, entre ellos Balmont, Merezhkovsky, Guippius; otros, sin poder amoldarse al ambiente y a las condiciones nuevas, se callaron definitivamente: Ajmátova, Voloshin, Sologub; otros fueron muertos o murieron. Gumiliov, Block; y por último, muchos permanecieron para cantar en voz distinta, otros temas- Alejo Tolstoy, Erenburg, Maiakovsky, Pasternak”.

Wolkonsky comete el error de citar a Anna Ajmátova entre aquellos que “se callaron definitivamente” y con ello muestra, sin proponérselo, que con el paso del tiempo deben modificarse muchas percepciones.

Ignoraba ella, cuando redactó su libro, que Anna Ajmátova nunca dejó de escribir a pesar de que la publicación de su obra era obstaculizada por el régimen bolchevique –el mismo que había ejecutado a su exesposo, el poeta Nikolái Gumiliov, y enviado por un tiempo a su hijo Lev Gumiliov al gulag–; y que, en 1941, durante el sitio de Leningrado, la poeta, enfrentada activamente al lobo nazi, en una oportunidad leyó por radio un llamado a la lucha y un elogio a las mujeres leningradenses que combatían a muerte al invasor extranjero.

Ha pasado el tiempo y ahora, conocida la totalidad de su obra, a Anna Ajmátova se le considera la más importante escritora rusa de todos los tiempos. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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