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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 15 /8 / 2017. Fernando Durán Ayanegui. Costa Rica.

   

Polígono Internacional: Pío, pío, “tweet, tweet”.

 

Tenemos en Costa Rica a quienes consideran que los “tweets” fueron inventados, antes de 1945, en Alajuela, mi ciudad natal.

Esta es una comunidad de habla española y, por ello, nos parece que la palabra sajona “tweet” es inadecuada y preferiríamos usar las castellanas trino o pío.

Todo comenzó con la formación, en esa ciudad, de un quinteto profesional integrado por un director, un hombre-cartelera y tres músicos, el más ruidoso de los cuales era el que apaleaba un redoblante como si fuera un homenaje a Juan Santamaría, el humilde alajuelense que participó en la guerra centroamericana contra los filibusteros en calidad de tambor de tropa y se inmoló para convertirse en el héroe nacional.

Cuando lo contrataban, el quinteto desfilaba por nuestras calles y avenidas haciéndole propaganda a un establecimiento comercial, a un candidato a diputado que no podía costearse anuncios en la prensa, a un circo de mala muerte perdido por aquellos pagos o al estreno de una película californiana o argentina que venía con la calificación de monumental.

El director voceaba los mensajes sirviéndose de un arcaico megáfono similar a los que usaban los directores de cine, y aun cuando el motivo publicitario era casi siempre pedestre, se las arreglaba para intercalar, por cada cierto número de alaridos, una cita bíblica o literaria, modificada para que no sobrepasara lo que ahora estimaríamos unos 150 signos.

¿Quién se iba a imaginar que, transcurrido poco más de medio siglo, andarían en lo mismo, por razones y con métodos algo más complejos, todas las personas poderosas y famosas del mundo?

En efecto, hoy la civilización vive pendiente de los trinos o “tweets” del Papa, de Putin, de Messi, de Merkel, de Rajoy y de Keylor Navas, pero el trinador por excelencia resulta ser un tal Trump, presidente de la potencia económica y militar más portentosa que haya existido desde que se inventaron los reinos guerreros allá por Mesopotamia.

 En mi vida me he encontrado con varios libros que dicen contener los diez, veinte, treinta o cincuenta discursos “que cambiaron el curso de la historia”.

En todos ellos figura una alocución pronunciada en noviembre de 1863, en el cementerio militar de Gettysburg, por Abraham Lincoln, mal que nos pese uno de los predecesores de Trump en la Casa Blanca.

Muy conciso –más corto que esta desechable columna–, el Discurso de Gettysburg es una maravilla de composición que, tras cada lectura, convoca nuevos motivos de admiración y, como suele decirse de los grandes poemas, traducirlo podría convertirse en un acto perverso. Se dice que Lincoln lo escribió de una sentada y en condiciones precarias, y circulan leyendas sobre la calidad del papel en el que garabateó el borrador.

Algo terrible le debió ocurrir al espíritu del gran país de Lincoln para que la bella y elocuente concisión del Discurso de Gettysburg terminara sustituida por la de unos perturbados y burdos trinos, “tweets” o píos de Donald Trump. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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