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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 18 /9 / 2017. Fernando Durán Ayanegui. Costa Rica.

   

Polígono Internacional: Papá y abuelo taxista.

 

Papá y abuelo taxista. Es lo único importante que puedo incluir en mi currículum vitae. A mis hijas, mis nietas y mis nietos los conduje hasta las guarderías, los parvularios, las escuelas, los colegios y las universidades.

Fui reclutado para llevarlos a los cines en busca de sesiones de dibujos animados, a los conciertos de música juvenil realizados en teatros y gimnasios, a los teatros donde se presentaban obras serias y conciertos sinfónicos, a los estadios a ver partidos de la selección nacional de fútbol, y a las clases de guitarra, de fútbol y de danza clásica o moderna, sin que faltaran apurados desplazamientos hacia los ensayos de obras teatrales en las que actuaron.

Además, tuvimos largos viajes de vacaciones en autos minúsculos y por países extraños y numerosas mudanzas, incluso una a través de la frontera entre dos países de Europa. En suma, taxista voluntario para mis ocho descendientes… y lo sigo disfrutando.

Lo más grandioso ha sido el placer de escuchar, desde el asiento trasero del auto, una vocecilla: “Papa, ¿me contás una historia?”. O bien: “Tito, ¿me contás una historia?”.

Y ahí va el papá taxista, o el abuelo taxista, a inventarse una historia que puede o no acabar en lo que dura el viaje, pero la audiencia memoriza bien y, si hay interrupción, ya volverá a pedir: “Papa (o Tito), ¿me terminás la historia?”.

Fueron muchas las que inventé a lo largo de tantos años y solo unas pocas fueron escritas porque el papá-abuelo taxista también era químico, profesor, administrador académico, por un tiempo activista político distraído y descuidado, y no tenía tiempo para escribir todas sus invenciones.

Sin embargo, por ahí fueron quedando las que se salvaron de los huracanes de la memoria, publicadas en libros baratos, de ediciones ralas, que muy pocos han leído pero que, por el solo hecho de que en ellos está impresa la experiencia de inventar para hijas, nietas y nietos, el autor las da por leídas en un continente entero.

Ahora circula -entre los amigos a quienes se lo regalo, se entiende, porque los distraídos que lo compran en las librerías son pocos y estoy seguro de que se arrepienten- el librito que contiene la que, me imagino, será la última historia inventada por el abuelo taxista para una de sus nietas. Se titula “La niña Bertha y el señor Kafka”.

Todo comenzó el día en que cayó en mis manos un libro titulado “Cuando Kafka vino hacia mí”, en el cual un diligente investigador inserta los testimonios de cuarenta y cinco personas que se relacionaron de cerca con el escritor Franz Kafka. Se trata de textos cortos que en total llenan unas 260 páginas.

Dos de esos testimonios, el de Dora Diamant, su última novia, y el de su amigo Max Brod, mencionan brevemente un encantador episodio de la vida del gran escritor checo, que tuvo lugar pocas semanas antes de su muerte, ocurrida en junio de 1924. Se trata del encuentro, en Berlín, de Franz Kafka con una niña que llora porque ha perdido su juguete preferido, una muñeca. Lo que cuenta Dora Diamant ocupa algo más de una página.

Tan pronto como terminé de leer aquellas líneas, me dije que ahí estaba el material básico de mi respuesta para la próxima vez que mi nieta Emma, de diez añitos cumplidos, me dijera: “Tito, ¿me contás una historia?”.

Naturalmente, tenía que convertir la nota de la señorita Diamant en un relato largo, pero ya me las arreglaría puesto que este nativo de Centroamérica recordaba detalles de los mapas de Alemania, Austria y Checoslovaquia posteriores a la primera guerra mundial.

Y comenzó la espera hasta que Emma no me hizo el pedido sacramental. En esos días, la conducía hacia y desde la escuela de danza clásica tres veces por semana, lo que nos proporcionaba entre hora y media y dos horas de convivencia. Y fue así como, una tarde, ella me dijo… ustedes saben qué.

La historia se hizo larga y necesité tras viajes del abuelo taxista para terminarla. No pensaba escribirla porque era muy extensa y porque me temía que resultaría marcada por una dimensión de ternura que solo mi nieta podría entender. Sin embargo, ocurrió algo que me puso en apuros. Iba por la mitad del relato cuando la vocecita de mi nieta irrumpió:

-Tito, estoy haciendo el dibujo para la portada del libro.

-¿De cuál libro, mi vida? -pregunté distraídamente.

-El tuyo, el de esta historia -dijo ella.

Decidí que no podía defraudarla y me propuse escribir la historia que le estaba narrando. No tenía otra salida.

De modo que “La niña Bertha y el señor Kafka” es un libro que sale a la luz porque así lo dispuso mi querida nietecita. Por lo tanto, a ella le pertenece todo el relato, no solo la linda portada que me dibujó con tanto cariño.

Le doy las gracias al confiado editor, el profesor Guillermo Carvajal, propietario y gestor de la “Editorial ALMA MATER”, por su entusiasta decisión de correr el enorme riesgo empresarial y financiero.

Dicho sea de paso, tras la publicación del libro, un acucioso artista plástico nos hizo saber que un autor catalán de literatura para niños había tenido la misma idea de rescatar la anécdota de Kafka y la muñeca viajera. Leí ese texto en internet y, para mi alivio, el enfoque adoptado por el talentoso joven de Cataluña es muy diferente.

Su cuento presupone, de parte de los lectores, un conocimiento de la obra de Kafka que es improbable en los niños a los que va dirigido. Y un detalle asombroso es que ahí, Franz Kafka, en 1924, pone a su personaje a participar en un safari en Tanzania. Un Kafka clarividente, pues el nombre de Tanzania fue inventado, para un estado africano, en 1964, con motivo de la unión política de Tanganica y Zanzíbar.


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