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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 19 /01 / 2016. Costa Rica

   

Polígono Internacional: Ningún Libro.

 

Sudáfrica, tiempos de la lucha contra el apartheid. George Steiner, el escritor judío francés, fue invitado por la novelista Nadine Gordimer a cenar, en Ciudad del Cabo, con dirigentes del Congreso Nacional Africano y del Movimiento Nacional de Resistencia.

Como era de esperar, la policía vigilaba de cerca la residencia de la prestigiosa escritora, pero todos estaban seguros de que para las autoridades del régimen ella era intocable y por esa razón sus esbirros no pasarían de anotar las nombres de quienes concurrirían a la cena.

En el transcurso del encuentro, Steiner comentó que, a pesar de lo terrible que había sido la ocupación nazi de su país, de vez en cuando la resistencia francesa mataba a uno de los “bastardos de las Waffen SS”; mientras que, por el contrario, en Sudáfrica, donde los negros superaban a los blancos en la proporción de trece a uno, en una ciudad como Johannesburgo ni un solo blanco había sido atacado. “En la calle”, les dijo, “lo único que tienen ustedes que hacer es cerrar los brazos y ahogarán al blanco. Ni siquiera necesitan armas. Trece a uno. ¿Qué demonios es lo que pasa?”.

Un dirigente del Congreso Nacional Africano se adelantó a explicarle: “Los cristianos tienen los Evangelios, ustedes, los judíos, tienen el Talmud, el Antiguo Testamento, la Mishná, mis camaradas comunistas tienen en su mesa El Capital (los musulmanes tienen el Corán, pudo haber añadido), pero nosotros, los negros, no tenemos ningún Libro”.

En aquel contexto, la palabra Libro no significaba lo mismo que la palabra libro que empleamos normalmente para designar esos objetos de estantería en los que están depositados todos los saberes y todas las ideas del mundo y no constituyen una amenaza para nadie.

Para aquel dirigente sudafricano, a quien la policía del régimen supremacista blanco habría detenido de haberse dado la oportunidad, un Libro -así, con mayúscula- era algo que podía convertirse de pronto en ciega justificación de la intolerancia sectaria y dogmática o, peor aún, en horca, hoguera, alfanje o arma de fuego para imponer un orden de abyecta servidumbre, tanto a los sumisos como a los sometidos.

La anécdota, narrada por el mismo Steiner, vino recientemente a nuestra memoria una vez que leímos en las redes sociales, de un joven compatriota nuestro, una fervorosa declaración de fidelidad a su partido político pese a haber admitido que este ha caído bajo el dominio de una dirigencia corrupta, ideológicamente y éticamente impresentable. El joven justificó su lealtad diciendo que, sobre todo, para él es imposible traicionar los principios enunciados en un lejano día de gloria por los fundadores del partido.

Dicho de otra manera: en su caso, unos dispersos y casi olvidados principios son el Libro que todo lo permite con tal de que el Libro mismo, aun cuando en la práctica se haya convertido en un sarcófago de esperanzas momificadas, permanezca intacto.

A todas las sociedades les llega el día en que alguien se debe decidir a decirles a los jóvenes: “Nosotros ya no tenemos Libro alguno y en eso reside la vitalidad de nuestra esperanza”. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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