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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 25 /11/ 2015. Costa Rica

   

Polígono Internacional. Mal y cada vez peor

 

La Nación, de Costa Rica, el 22 de noviembre bajo el título de "Mal y peor".

“Piensa mal y acertarás” fue una preciada joya del refranero español mientras no vino un amigo colombiano a explicarnos que en su país esa joya fue sustituida por la siguiente gema de mil quilates: “piensa mal y te aproximarás; piensa peor y acertarás”.

Desde entonces, gracias al poder del nuevo adverbio, nuestras capacidades adivinatorias se acrecentaron tanto que pudimos abandonar la bola de cristal; sin embargo, no hemos sacado gran provecho de ello: no todo el mundo está dispuesto a escuchar las más arriesgadas versiones de la verdad. 

Pese a todo, nos divertimos mucho cada vez que el refrán reciclado nos permite ver, a través de personas y acontecimientos, la inmediatez del pasado y del futuro con una transparencia de laguna en calma. Eso sí, como les ocurre a los “voyeurs” con lo que miran por las rendijas y por los huecos de las cerraduras, la prudencia nos obliga invariablemente a guardarnos lo que logramos adivinar.

Que “la excepción confirma la regla” es una soberana tontería, pues en cuanto a una regla se le cuela una excepción deja de ser… una regla. No obstante, esta vez nos proponemos hacer una excepción de nuestra regla de prudencia para explicar cuál es el origen del lío político y diplomático que se ha presentado en la frontera entre Costa Rica y Nicaragua a propósito de los emigrantes cubanos.

Se sabe muy bien que la industria del coyotaje (negocio de las mafias dedicadas a transportar personas ilegalmente a través de las fronteras) se ha vuelto muy rentable y casi respetable en el continente americano por razones fácilmente adivinables.

Por un lado, una práctica migratoria de puertas abiertas, hacia afuera y hacia adentro, del gobierno de Ecuador, convierte a ese país en la plataforma de lanzamiento de numerosas caravanas migratorias, de las más diversas nacionalidades, que buscan llegar a Estados Unidos, y según dicen los mapas más confiables, para llegar a su destino esas caravanas deben cruzar “furtivamente” no menos de siete fronteras internacionales, entre ellas, por supuesto, las de Costa Rica y las de Nicaragua.

Ningún costarricense o nicaragüense que no sea tonto de capirote o cínico de encarcelar, juraría que no ha notado el paso, por los territorios de sus países, de un interminable flujo de cubanos, haitianos, africanos y asiáticos (marcianos todavía no) que sigue lo que ya se conoce como “la ruta de los coyotes”.

A juzgar por la cantidad de usuarios de esta ruta, calculada en nuestro beneficio por un amigo funcionario que conoce de la materia, el “piensa mal” nos dice que es imposible que el negocio del coyotaje marche tan viento en popa como marcha sin la colaboración de autoridades de rango considerable en todos y en cada uno de los países que atraviesa, y el “piensa peor” nos sugiere que, por lo menos en uno de ellos –dicho así para no herir todas las susceptibilidades dignas de ser heridas– las autoridades no se hacen de la vista gorda solo por desinteresadas razones humanitarias. Las crematísticas son las que más cuentan.

Así las cosas, en el juego de “aproximarse” y de “acertar” no resulta descabellada la idea de que el berrinche nicaragüense desatado a raíz del “incidente” de los cubanos podría tener origen, no en motivaciones políticas o en el primitivismo diplomático del gobierno sandinista, sino en la instigación de funcionarios que forman parte de la red delictiva de los coyotes, o reciben estímulos pecuniarios de ella, y ahora se han enfurecido porque alguna autoridad costarricense, a propósito o por accidente bien calculado, les echó a perder un floreciente negocio.

La pregunta del millón sería esta: ¿por qué si hasta ahora la ruta de los coyotes no se interrumpía en Nicaragua ni en Costa Rica, se ha convertido de pronto, para Nicaragua, en un asunto de “soberanía nacional”?


En suma, es posible que, para acertar en este asunto, sea imperativo pensar, como diría un ciudadano descuidado de cualquiera de nuestros países, “aún más peor” que de costumbre
 Colaboración especial para LatinPress®.
   
 




 
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