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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 17 /05 / 2016. Fernando Durán ayanegui. Costa Rica.

   

Polígono Internacional: Intuición versus instinto

 

Podría afirmarse que estos dos episodios verídicos son uno la imagen especular del otro. Uno ocurrió dentro de un restaurante, en una capital de Europa meridional, y el otro en un acuario del sur de Estados Unidos.


En uno se muestra una de las sórdidas aristas de la política. En el otro, algo similar, pero en la forma de una metáfora urdida por la naturaleza.


Hace algunos años, nuestro testigo del primero de ellos estuvo a distancia de escuchar involuntariamente cuanto se hablaba en una cena a la que asistieron varios funcionarios de un gobierno del viejo continente y un ministro centroamericano a quien acompañaban su esposa y un diplomático de su país.


El ministro se prodigaba en denuestos contra el Primer Mandatario de la república a la que servía. Con toda probabilidad, el gobernante difamado merecía los estigmas que le endilgaba su subalterno, pero al fin y al cabo él era quien había elevado, a su ahora difamador, al importante rango de ministro; lo cual, como era predecible, en algún momento provocó una irónica y sutil reconvención de parte de uno de los educados anfitriones: “Pero, señor ministro, ¿se refiere usted verdaderamente a su Presidente, miembro eminente del mismo partido político en el que usted milita y a quien usted le debe lealtad por ser uno de sus colaboradores inmediatos?”.


El político centroamericano se percató de haber incurrido en una “gaffe” y, aun cuando pudo haberse sincerado alegando que recientemente había habido elecciones en su país y estas habían sido ganadas por el partido del gobierno, razón por la que si quería conservar sus posibilidades de continuar formando parte del gabinete le era indispensable comenzar a desacreditar a quien hasta entonces había sido su benefactor, no lo hizo.


“La política es así”, pudo haberse justificado, pero no se atrevió a ir más lejos en su infamia y prefirió replegarse hacia un embarazoso silencio.


El otro episodio lo relató un bien reputado científico español después de haber visitado, en el acuario, la exhibición permanente de tiburones.


Dentro de la alberca gigantesca, un pez de buen tamaño, pero menor que los escualos, llevaba, según le informó el guía, cuatro años nadando a pocos centímetros y, literalmente, a la sombra de un tiburón tigre.

No se trataba de una asociación simbiótica, naturalmente convenida entre dos especies marinas, sino de una conducta específica del más pequeño dictada por el terror.


Este espécimen extraño había sido uno de media docena de ejemplares introducidos, cuatro años atrás, por unos cuidadores optimistas que se equivocaron de plano: en un solo día desaparecieron todos los recién llegados, excepto el que ahora nadaba, sigiloso, debajo de la fiera, único lugar en el que podía sentirse a salvo.


El relator no dijo más, pero estamos seguros de que, si tras aquellos cuatro años de tensión infernal aparecía en escena un tiburón más grande y más feroz, el aterrorizado pez correría –nadaría– hasta ubicarse debajo de un vientre más voluminoso, más seguro. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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