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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 17 /04 / 2016. Fernando Durán ayanegui. Costa Rica.

   

Polígono Internacional: Fronteras garrapatosas.

 

 “Qué letrita la tuya, son puros garabatos”, solían increparme mis maestras y con ello me traumaron hasta el punto de convertir la adquisición de una máquina de escribir en el sueño de mi vida.

Por ello, garabatoso es la mejor traducción que se me ocurrió para el adjetivo inglés “squiggly”, aun cuando entiendo que para los hispanohablantes de fuera de Costa Rica habría sido más apropiado usar el término garrapatoso.

Esto viene al caso porque he recordado que los geógrafos de una prestigiosa universidad norteamericana definieron “squigglisness” (garrapatosidad) como una importante propiedad de los mapas, y sostenían que, cuanto más garrapatoso es el mapa de un país, más seguras son las fronteras de este, pues eso apunta a que están esencialmente determinadas por características naturales del territorio, como serían las cadenas montañosas, los ríos y las costas.

Una frontera internacional garabatosa, o garrapatosa, explicaron, tiene menos posibilidades de suscitar conflictos entre países que otra frontera trazada mediante líneas rectas o con pocas garrrapatosidades.
Esta última será, con mayor facilidad, motivo de enfrentamientos armados.

Como buenos científicos que eran, aquellos geógrafos crearon un programa de cómputo con el que podían medir la garrapatosidad de los mapas de todos los estados independientes y -no se ilusionen, los más garrapatosos no son los más felices del mundo- el primer lugar del ranquin lo ocuparon Luxemburgo y Priednestrovia (apodada Transdnistria por los nacionalistas moldavos y por los periodistas occidentales eslavofóbicos).

Aquí, en Centroamérica, sometido al efecto de cuatro líneas rectas, dos de ellas relativamente largas, el mapa oficial de Costa Rica alcanza una garrapatosidad apenas moderada, en tanto que un genocida trazado fronterizo, impuesto por las potencias coloniales europeas, implantó numerosos barriles de pólvora en África, continente en el que se ha demostrado que las líneas rectas entre países son invitaciones a la guerra, sobre todo si debajo de esas líneas hay oro, diamantes, o petróleo.

Aun cuando algunos de ellos parecen casi perfectamente circulares, los atolones perdidos en medio del Océano Pacífico poseen tan elevada garrapatosidad que resultan ser, tanto en el aspecto geográfico y militar como desde el punto de vista jurídico, territorios ideales para instalar en ellos florecientes paraísos fiscales.

Eso podría explicar el origen del frenesí diplomático que, a finales del siglo XX, incorporó a las Naciones Unidas, junto a Andorra y algunas miniaturas asiáticas, docenas de minúsculos estados insulares; y, en lo tocante a Panamá, que no es una isla, dados la extrema garrapatosidad de su frontera con Colombia y lo altamente garabatoso de sus costas, debe de encontrarse, en el ranquin mundial, muy por encima de Tuvalu y Vanautu y solamente unos “pelímetros” detrás de Luxemburgo y Priednestrovia.

Y por si acaso hay quienes consideran que mi presunción no se cumple en los casos de Nevada y otros estados de Estados Unidos, que son cualquier cosa menos garabatosos y albergan los más grandes paraísos fiscales del mundo, no sobrará recordarles que, al igual que le ocurre a Hong Kong, tienen la suerte de no ser estados independientes. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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