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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 12 /12 / 2016. Fernando Durán Ayanegui. Costa Rica.

   

Polígono Internacional: Extrapolación.

 

¿Para qué seguir hablando del espíritu del deportista, si en realidad el auténtico espíritu del deporte no surge tanto de la práctica de este como de su contemplación por parte de los espectadores?

Veintidós hombres luchan con temple profesional por un balón, y unos cuantos miles, la mayoría de los cuales nunca han tocado uno, asisten al espectáculo con una pasión que no se ve en los protagonistas.

Aquí tiene su origen el espíritu del deporte: nace del enorme despliegue del periodismo, de las autoridades deportivas, de las escuelas y facultades de educación física, de los centros de investigación deportiva, de la existencia de un ministerio de deportes, del hecho de que los deportistas reciban condecoraciones y sean siempre noticia en la prensa, y del hecho fundamental de que todos los implicados, con la única excepción de los deportistas mismos, no practican deporte alguno e, incluso, tal vez hasta odien los deportes.

Pero debemos confesarlo: el fragmento anterior no es de nuestra cosecha y omitimos las comillas deliberadamente. Pese a lo cual, estamos seguros de que los lectores coincidirán con nosotros en que el artículo de cuyo final forma parte -titulado Cuando papá aprendió a jugar al tenis- es de indiscutible actualidad.

El autor citado continúa: “Aun sin sacar provecho, [los deportista pasivos] acaban sometiéndose a él. Sienten un vacío y lo llenan con el deporte. No saben muy bien qué es exactamente, pero, como todos hablan de ello, piensan que algo habrá: así ha accedido siempre al poder eso que se da en llamar bien supremo”. Y termina: “Qué injusto es que no se haya incluido en esta cultura deportiva a los malabaristas, a todos los artistas circenses y de varietés. Y, sobre todo, ¡qué dilema moral plantea, para el futuro del deporte, la perfecta simbiosis de interés comercial y destreza física que se da entre los carteristas!”.

El artículo aludido aquí data de 1931, y es de la pluma del gran escritor austriaco Robert Musil, cuyas obras serían, en su momento, prohibidas por el régimen nazi y quien se vio obligado a huir al exilio en 1938, tan pronto como Hitler se hizo del poder en Austria.

Si las cosas del deporte eran en Viena como las veía Musil, la actual predominancia mediática de los deportes en todo el mundo podría parecernos una razón más para creer que aquellos tiempos se asemejan siniestramente a los de ahora.

Pero no vayamos tan lejos. Limitemos nuestro énfasis a esa idea final de Musil sobre la “simbiosis de interés comercial y destreza física” característica de los raptores de billeteras que hoy no solo operan en las colas de las boleterías de los estadios, sino también en otras facetas y etapas de los deportes profesionales.

No en balde alguien señalaba que el deporte organizado no necesariamente se puede consignar como factor positivo en relación con el estado físico promedio de la especie humana.

Lo que se ve en todos los países, no solo los fines de semana, es la concurrencia de masas desaforadas, principalmente de pobres, a los estadios donde pagan por ver a pequeños grupos de millonarios practicando fútbol, béisbol, basquetbol, rugby y otros juegos de pelota.

Y los más sedentarios y más pobres miembros de nuestra especie, que no asisten a los estadios, rinden culto a los atletas millonarios sentándose frente a los receptores de televisión mientras se atiborran de los infames productos alimenticios que sus escuálidos bolsillos les permiten consumir y, a veces, aparecen anunciados en las sudaderas de sus ídolos.

Lo de Musil no fue un vaticinio sino una simple extrapolación en el tiempo y el espacio. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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