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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 20 /02 / 2016. Costa Rica

   

Polígono Internacional: Éxito garantizado.

 

En nuestro tiempo, las predicciones apocalípticas relativas al fin de la especie humana han entrado en descrédito gracias, principalmente, a esa arrogancia tecnológica que nos hace creer que para cualquier asomo de catástrofe nuestra inteligencia encontrará una respuesta pronta y adecuada.

Háblese de los estropicios causados por la contaminación antropogénica del aire y de inmediato surgirá quien afirme que la ingeniería climática vendrá a resolverlo todo antes de que la atmósfera se vuelva irrespirable; tampoco faltan los optimistas dispuestos a esperar que, en un santiamén, la mega tecnología espacial convierta en habitables los más desolados pedruscos espaciales del sistema solar.

En suma, creemos que la inteligencia humana está hecha a prueba de cualquier necesidad de supervivencia, de modo que seremos capaces de dotar a Marte, o a cualquier otro planeta, de una atmósfera respirable antes que la de la tierra se torne venenosa.

Solo que nadie se ha detenido a explicarnos de qué manera se logrará sostener una mezcla correcta de nitrógeno y oxígeno obedientemente sujeta a un planeta cuya gravedad es nueve veces menor que la que se experimenta en África y en Australia.

En fin, podemos seguir durmiendo en ese lado de la cama desde el que se puede caer en la trampa de la ciencia ficción, a sabiendas de que lo peor que puede ocurrirnos es que dentro de cien mil años un ejemplar de otra especie nos descubra fosilizados en el sueño. Ese ejemplar bien podría ser… un hormiguero.

Se diría, a simple vista, que en la naturaleza suelen darse, para un mismo problema, dos o más “soluciones” entre las cuales no siempre es fácil discernir un “propósito” común: las estructuras ramificadas hacia afuera de un árbol y sus raíces, y ramificada hacia adentro del sistema circulatorio de un animal, aunque aparentemente distintas son en el fondo la misma respuesta a la necesidad de llevar nutrientes a los tejidos de un ser vivo.

Sin embargo, la evolución –ese lento e inescapable juego de azar– da pie a comparaciones poco acertadas como la que se hace entre las funciones de las neuronas en el cerebro y las funciones de las hormigas en el hormiguero; en ella pareciera pasarse por alto la posibilidad de que un hormiguero de gran tamaño sea, en su conjunto, casi tan inteligente como algunos seres humanos o, para no exagerar, más inteligente que nuestros primos los chimpancés; y de que los hormigueros y los cerebros de los mamíferos representen, en la naturaleza, rutas divergentes, pero ambas exitosas, hacia la inteligencia compleja.

La mayoría de los intentos evolutivos fracasaron en el corto plazo y esa es la razón por la que no quedan vestigios de ellos.

Hay, en cambio, abundantes rastros de aquellos que fueron exitosos porque retardaron en alguna medida la extinción de las especies a las que dieron lugar, y quizás el más notable de todos sea el desarrollo de la inteligencia en los mamíferos superiores.

En la actualidad se vislumbra cada vez más la posibilidad de que la especie humana, la más exitosa desde esa perspectiva, se extinga justamente a causa de su inteligencia y, por el contrario, de las hormigas se augura que sobrevivirán a cualquier desastre natural o –como lo sería una catástrofe nuclear– “inteligentemente” provocado.

Se estima que el cerebro de una hormiga difícilmente alberga un cuarto de millón de neuronas, mientras que en un cerebro humano puede haber poco menos de cien mil millones de estas; sin embargo, dado que las hormigas mantienen entre sí una riquísima comunicación por medios táctiles y químicos, un hormiguero numeroso contaría con una cantidad sumamente impresionante de neuronas interconectadas.

Esto, sumado a la ausencia de egoísmo en el hormiguero, significaría para este, en términos de capacidad para la supervivencia, una gran ventaja que podría hacer que la especie humana se extinga antes que algunas especies de hormigas.

Sin embargo, tal vez tengan razón los optimistas: según un aforismo de Chamfort, tras el fracaso que significó el diluvio es probable que Dios haya decidido nunca más enviarnos otro. Otra manera de decir que hierba mala nunca muere. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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