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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 26 /3 / 2017. Fernando Durán Ayanegui. Costa Rica.

   

Polígono Internacional: El drama equivocado.

 

Es como para creer que algunos agotan la vida apareciendo en un drama equivocado.

Durante un simposio celebrado en Canadá en la década de 1990, cuyo tema era la paz, fui presentado a un militar en retiro de alto rango, de nacionalidad india y, probablemente a causa de mi apariencia física, lo primero que el desconocido me preguntó fue: “By any chance, are you from India?” (Por casualidad, ¿es usted de la India?).

No tuve que hacer mucho esfuerzo para recuperar, de entre los fósiles de mi memoria, una norma de cuartel aprendida cuando fui estudiante en una escuela politécnica y, cuadrándome, le respondí, siempre en inglés -ahora traduzco-: “No, señor, soy de América Central; de Costa Rica, para ser más preciso”.

“Entiendo, por supuesto; eso es normal dado que nosotros nos hemos diseminado por todo el mundo”: esta es la traducción aproximada de lo que dijo acto seguido el militar retirado, quien pasó a contarme que había visitado todos los países del continente americano y, sin transición, me habló –era bastante mayor que yo– de su gloriosa participación en la II Guerra Mundial, como miembro de un contingente colonial de las fuerzas armadas británicas. Dijo sentirse muy orgulloso de haber luchado en 1944 en las batallas de Monte Casino, en Italia.

“We fought fiercely, against the Germans”, afirmó y el brillo de sus ojos me condujo a una siniestra composición de lugar que recuerdo más o menos como sigue: “Valiente cipayo fue usted: en aquellos días la India padecía bajo la bota británica y el Imperio provocaba en su virreinato asiático grandes hambrunas con tal de alimentar bien a una soldadesca de la que usted, valeroso combatiente, formaba parte”.

Pero, en verdad, eso solo lo pensé y me limité a decirle: “Yes, sir, you fought fiercely for the glory of the German King of England” (Sí, señor, ustedes pelearon fieramente por la gloria del rey alemán de Inglaterra).

Los lectores opinarán que fui poco cortés, pero el hecho es que ya mucho antes de aquel encuentro, cuando aún era joven y había visto algunas películas en las que valientes soldados australianos y canadienses combatían a los malos en la misma guerra europea, no cesaba de pensar en que los abuelos de aquellos heroicos vengadores de los crímenes nazis habían cometido crímenes de la misma naturaleza contra los pueblos aborígenes de Oceanía y América del Norte.

Además, gracias a Benjamin Franklin supe desde siempre que la actual dinastía reinante de Inglaterra es tan alemana que a fines del siglo XVIII los monarcas de Hannover y de Inglaterra eran la misma persona; y no en balde, Jorge Luis Borges definió alguna vez a los ingleses como unos “estancieros alemanes”.

En todo caso, dudaba y sigo dudando que mi interlocutor y los demás jóvenes indostánicos estuvieran conscientes, en 1944, de que la propuesta pacifista de Gandhi en torno a la lucha contra el Imperio Británico estaba destinada a alcanzar la gloria a la que ellos renunciaron al batirse fieramente por la libertad de Europa y no por la independencia de la India.

No lo hice, pero para ser más irónico pude haberle recordado a mi nuevo amigo que el Conde Louis Mountbatten, último virrey inglés de la India, el que según las postales imperiales de la época dio graciosamente por finalizada la ocupación británica, era miembro de la familia noble alemana Battemberg, la misma de la que a mediados del siglo XIX había salido, por imposición del Zar de Rusia, el primer Príncipe de la Bulgaria moderna.

Al iniciarse la Primera Guerra Mundial, la rama Battemberg establecida en Inglaterra se había anglicado el apellido con el fin de disimular su origen germano. Ambas versiones significan “monte de Batten”.

En suma, mí confundido amigo indio había peleado en su juventud contra plebeyos alemanes para defender la causa de los nobles, también alemanes: el Rey y el Virrey ingleses que sojuzgaban a la India. Por ello terminé preguntándome si el anciano héroe indio que me presentaron en Canadá no había dilapidado su vida participando, con un uniforme equivocado, en un drama también equivocado.


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