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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 30 /12 / 2015. Costa Rica

   

Polígono Internacional: ¿Un premio ecumenista?

 

Desde la perspectiva hegemónica occidental, nunca ha sido políticamente correcto darle el nombre, muy apropiado, de Imperio Grecorromano a aquel que fue nominalmente inaugurado por Augusto y recibiría el golpe de gracia en 1453, con la toma de Constantinopla por parte de los otomanos. Por tal razón suele pasarse por alto el hecho de que, a principios del siglo IX, cuando Carlomagno fue coronado Emperador del Sacro Imperio Romano, la herencia imperial de los césares no había muerto aún, pues lo mucho que de ella quedaba continuaba bajo la égida de  los césares de Bizancio.

Un debate sobre ese tema resultaría, en América Latina, tan aburrido como inútil, aunque tal vez no tanto para los pueblos autóctonos de nuestro continente, que bien podrían considerar la posibilidad de que una desaparición temprana de Carlomagno hubiese cambiado la historia de la península ibérica lo suficiente como para que las conquistas transatlánticas europeas no se hubieran producido o hubieran sido menos deplorables.


En todo caso, al hacer de Carlomagno un Emperador, el papa León III acariciaba el sueño de acabar con la influencia cultural y la creciente independencia misionera del Patriarcado de Constantinopla –cuna generatriz de la Iglesia Ortodoxa–, y así consolidar alrededor de Roma todo el poder religioso y todo el poder político de Europa. Tal vez eso explique, por lo menos en parte, por   qué el Premio Carlomagno, que confiere la ciudad de Aquisgrán y es casi insignificante fuera del ámbito europeo, le fue ofrecido al Papa Francisco.


Ahora, ya perpetrado el insulto, sería razonable que su Santidad lo rechazara. O, dicho en lenguaje diplomático, lo declinara cortésmente. No solo porque ya se lo concedieron a un criminal de lesa humanidad llamado Henry Kissinger y a algunos políticos europeos dudosos para cualquier observador auténticamente cristiano, sino especialmente porque sería muy inoportuno que lo recibiera un Pontífice universal –Europa alberga tan solo uno de cada cinco católicos del mundo, América dos de cada cinco– que adoptó su nombre papal en honor al santo de Asís y preconiza fervientemente la Paz, la Tolerancia y la Justicia.


Si bien Carlomagno tuvo el mérito de buscar la unidad europea por todos los medios posibles –incluso los más atroces–, fue sin duda alguna un genocida insigne, un destructor de pueblos. En cualquier diccionario enciclopédico se consigna, por ejemplo, que los ávaros fueron un pueblo antiguo de Europa que desapareció de la Historia aniquilado por Carlomagno. Lo que en latín plebeyo significa que Carlos el Magno fue para los ávaros una especie de Hitler “avant la date”, lamentablemente exitoso.


Y solo por poco Carlomagno no fue peor para los sajones, a quienes premió en el año 780 con la orden de que el sajón que no se bautizara fuera decapitado y, en el año 782, con la “Masacre de Verdan”, en la cual habrían sido decapitados cuatro mil quinientos líderes sajones como sanción por el grave delito de abandonar el cristianismo para volver a su antigua religión. Palmarés nada bueno para un futuro emperador cristiano pacífico, justo y tolerante que pudiera servirle de inspiración a su Santidad Francisco.


No llevamos la cuenta exacta, pero sospechamos que el actual “califato” del EI no ha hecho decapitar todavía tan elevado número de “infieles”. Y se nos ocurre preguntar cómo reaccionarían los medios de difusión del futuro si, dentro de mil años, a los grandes promotores de la paz, la justicia y la tolerancia se les honrara con un premio denominado Abu-Bakr al-Baghdadí, el hoy autoproclamado califa del Islam.

Después de todo, el impresentable asesino al-Baghdadí busca la unidad del Islam por los mismos medios que aplicó Carlomagno para buscar la unidad de Europa cristiana.


Deberíamos poder decir que los grandes criminales contra la humanidad del presente se levantan sobre los hombros de los grandes criminales contra la humanidad del pasado, y esa es la razón por la cual el Papa Francisco debería declinar un premio que lleva el nombre de un Hitler más antiguo que el que todavía nos llena de horror. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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