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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 18 /09 / 2016. Fernando Durán Ayanegui. Costa Rica.

   

Polígono Internacional: Deshielos.

 

Curiosa noticia para un mes de octubre: dos importantes ciudades de Estados Unidos sustituyeron el Día de Cristóbal Colón por el Día de los Pueblos Aborígenes de América.

En otro tiempo, en Costa Rica el 12 de octubre era el Día de la Raza y los niños cantaban en las escuelas un himno que comenzaba con los versos “gloria eterna Colón soberano/ de los mares estrella polar”; pero, desde fines de la década de 1970, lo que hasta entonces se llamaba el Descubrimiento de América recibe el pudoroso nombre de Encuentro de Culturas.

Cuando este cambio fue decretado por no recordamos cuál autoridad, nos pareció bien pese a que nos vino a la mente la idea de que, por ejemplo, en la jerga boxística se puede afirmar, de un boxeador conducido al cuadrilátero en estado comatoso, que se enfrentará a su contendor en un equilibrado “encuentro” deportivo.

Al modo grosso -como nos decía un descuidado profesor- ocurrió así: en el año 985 de la era cristiana, navegantes vikingos alcanzaron las costas de Groenlandia y más tarde llegaron a afincarse en varios sitios de América continental.

Al parecer, esto fue posible gracias al ablandamiento temporal del rigor climático en el Atlántico del norte, lo que les permitió a aquellos “conquistadores” mantener razonablemente fluida la comunicación náutica entre Escandinavia y América.

De no haber sido por los hielos perennes que les impedían surcar el Océano Ártico, los colonizadores nórdicos podrían haber llegado hasta las costas pacíficas de Alaska y haber “descubierto” Asia oriental a su manera, pero pocos siglos después la naturaleza echó marcha atrás, empeoró el clima y puso fin a la aventura americana de los escandinavos; el que hoy noruegos e islandeses no se jacten de ser los descubridores del Nuevo Mundo se debe menos a un rasgo de modestia que al reconocimiento de que, milenios antes de su hazaña, procedentes de Siberia, otros euroasiáticos podrían haber sido los primeros en llegar a las tierras que, en honor a un oscuro geógrafo italiano, acabaron recibiendo el nombre de América.

Una cosa lleva a la otra. Gracias al calentamiento global, actualmente las aguas del Ártico se están volviendo cada vez más navegables y tanto los agentes de viajes optimistas como los ambientalistas agoreros ya han anunciado y denunciado el inicio de cruceros turísticos entre Alaska y Nueva York.

Para solaz de nuestros nietos, pensamos nosotros, pues eso les permitirá, allá por el año 2050, seguir por televisión la regata anual de veleros entre Islandia y California.

Entre Reikiavik y San Francisco, habríamos querido puntualizar, pero nos tememos que, para entonces, ambos puertos estarán sumergidos a causa del derretimiento del hielo polar.

No intentamos con este comentario negar los méritos de Erik el Rojo o de Cristóbal Colón, algo que habría carecido de interés porque, al desconocerse la identidad del líder de la expedición asiática que, como señalamos, pudo traer la primera presencia humana a América, no sabríamos a quién adjudicarle el título de Descubridor del que despojaríamos al vikingo y al genovés.

Tan solo deseamos insistir en que la imposibilidad de navegar por el Océano Ártico a principios del segundo milenio de nuestra era habría impedido a los navegantes nórdicos alcanzar el Océano Pacífico y el extremo oriental de Asia; en contraste con la situación actual, en la que el paso por el norte entre el Atlántico y el Pacífico se va abriendo lo suficiente como hacernos pensar que, en poco tiempo, ese paso competirá, al menos durante parte del año, con el Canal de Panamá y le restará viabilidad económica al de Nicaragua.

Sin embargo, el asunto nos concierne a los centroamericanos por razones más apremiantes.

Si le encontramos sentido a la hipótesis de que la instalación de los vikingos en América, en el año 985, fue favorecida por un calentamiento global ni por asomo atribuible a los efectos de la contaminación industrial de la atmósfera, también debemos creer que un importante retroceso de la cultura maya, ocurrido en la misma época, fue agudizado por el cambio climático catastrófico ocasionado en la región del Mar Caribe por aquel mismo calentamiento.

En términos simples: cualquier “dulcificación” de las condiciones climáticas árticas provocada por un calentamiento global, viene acompañada por un desajuste de intensidad proporcional en el clima de Centroamérica y el Caribe.

Así las cosas, la rápida apertura actual del Ártico a la navegación podría estarnos indicando que, agravado por la innegable contribución antropogénica al efecto invernadero, el calentamiento de ese océano iniciado a fines del siglo XX es de una intensidad mucho mayor que la del que tuvo lugar al acercarse el siglo XI y, por lo tanto, debamos esperar que el desajuste climático centroamericano de nuestros días sea bastante mayor que aquel que afectó severamente a los mayas.

De hecho, cada año se hace más evidente el aumento en la frecuencia y la violencia de los diversos tipos de ciclones tropicales en el planeta.


Bien podría ser que las advertencias hayan llegado demasiado tarde, al menos para nuestra región, y solo nos quede tiempo para rezar y lamentarnos. Mirémonos en Haití. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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