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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 26 /01 / 2016. Costa Rica

   

Polígono Internacional: De la naturaleza.

 

Según un aforismo del notable científico catalán Jorge Wagensberg, para evitar ser la presa de un león, una cebra no está obligada a superar la velocidad de la fiera, sino que le bastará con ser un poco más veloz que la cebra más lenta de la manada.

Suponemos, por nuestra parte, que esto solo sería aplicable a la situación generada por la agresión de un león individualista, o por varios leones organizados y solidarizados bajo la consigna de “una cebra a la vez y todas compartidas”, en cuyo caso perdería toda su eficacia el chiste de aquellos caníbales que, durante la conversación de sobremesa posterior a la cena en la que habían dado cuenta gastronómica de un misionero europeo, se manifestaban esperanzados porque, de acuerdo con ciertos rumores, si bien los predicadores blancos importados de Europa no circulan por África en manadas, sí tienen la maravillosa virtud de resucitar algún tiempo después de haber cumplido su nutritiva misión y quedar de nuevo disponibles para el consumo.

Debemos aclarar que el motivo de este comentario es tan solo la posibilidad de que con el mencionado aforismo se pretenda exaltar el egoísmo de las cebras, lo que nos mueve a intentar algunas especulaciones sobre cuál sería el comportamiento de un ser humano contemporáneo puesto en las circunstancias de la cebra de Wagensberg.

Por ejemplo, podemos sugerir que, a tono con el espíritu de la época, un miembro de nuestra especie se sometería racionalmente y fielmente el eslogan wagensbergueriano de “mientras no sea yo, que al más lento se lo lleve un demonio”.

Hasta aquí llega esta historia de cebras y leones, misioneros y caníbales, y pasamos a esbozar otra algo diferente, que no comenzará refiriéndose a un ingenioso aforismo, sino al video, divulgado por un naturalista cuyo nombre hemos olvidado, en el que una manada de lobos atraviesa una nevada ladera sub-ártica desplazándose en formación de uno en fondo –eso que solemos llamar “en fila india”–, pero en un orden en el que nada parece abandonado al azar.

Encabezan el desfile tres o cuatro especímenes que, de manera deliberada y discernible, forman el grupo de los viejos y los enfermos, y son estos los que marcan el ritmo de marcha de toda la manada.

Detrás, a poca distancia, avanza una fila de cinco musculosos combatientes dispuestos a enfrentarse a cualquier amenaza que pueda cernirse sobre los más débiles, y el tercer pelotón está integrado por el grueso de la pequeña nación lobuna, un conjunto de jóvenes y adultos sanos, una especie de clase media desprovista de preocupaciones, aunque no de necesidades y amenazas.

Al final, solitario, poderoso y alerta desde su visión panorámica de cuanto ocurre a su alrededor, viene el jefe de la manada, el individuo dominante al que los especialistas llaman “el macho alfa”.

Ahora bien, a partir de este momento dejaremos a cargo de cada lector la tarea de asumir las consecuencias éticas de su propia ideología y enunciar, en la jerga política al uso en su comarca, un aforismo, una consigna o un eslogan que caracterice de manera apropiada a esta trashumante sociedad de lobos. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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