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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 26 /9 / 2017. Fernando Durán Ayanegui. Costa Rica.

   

¿Crimen sin ira?

 

En un artículo cuyo tema era el cólera, publicado en la prensa italiana en octubre de 2002, el renombrado escritor triestino Claudio Magris afirmaba: “Cuando Shiva mata o cuando Krishna en el Bhagavad Gita, el texto sagrado indio, explica a Arjuna el deber de combatir y, por tanto, de matar, no hay ira alguna, solo obediencia a un código.

Taoísmo y budismo ignoran la cólera o la rechazan como ilusión, deseo, engaño de la sed de vivir”. Aun cuando podría compartir el planteamiento general del autor, no puedo dejar de pensar en que, aislada, la cita anterior podría convertirse en la justificación de todos los verdugos, desde Eichmann hasta Arpaio, y en una excusa más para quienes, después de cometer atrocidades, declaran haber actuado tan solo en cumplimiento del deber y desprovistos de cólera o de odio.

Esto nos lleva al concepto de obediencia debida, que se convierte en el argumento exculpatorio más frecuente de grandes y pequeños profesionales de la vileza.

¿A cuántas ignominias no conduce el vasallaje codificado o reglamentado, al que tantos se someten conscientemente con tal de disfrutar de algunas migajas del poder? 

Hasta los verduguillos más insignificantes aducen que en sus actos no priman la ira, el odio, u otra pasión semejante, y que ellos simplemente se esmeran, en aras del bien general, en obedecer órdenes superiores. Órdenes cuya superioridad, claro está, se origina en la ciega fuerza del poder y no en principios morales, políticos o religiosos.

También me sorprende negativamente el que este admirable autor haya permitido que en el párrafo citado se deslice la sugerencia de que los budistas, por el solo hecho de ser budistas, no son susceptibles de caer en la práctica de la cólera criminal.

Prueba de lo contrario es que, en nuestros días, en Myanmar (Birmania), ocurre una feroz limpieza étnica cuyos ejecutores –una gobernante y su Ejército– son budistas que han actuado con un cinismo, odio y una saña indistinguibles de la ira criminal. No hay diferencia de especie entre la exterminación en curso de la etnia de los rohinyás y los genocidios armenio, gitano y judío del siglo XX.

Dicho sea de paso, el que la gobernante en cuestión sea nada menos que una galardonada con el Premio Nobel de la Paz no es más que la siniestra confirmación de la ligereza con la que la opinión pública de Occidente sucumbe ante los embelecos de la publicidad y la propaganda.

Si quienes le concedieron tal galardón a esa innombrable mujer hubieran hurgado en sus antecedentes como se debe, la habrían hallado falta de méritos para recibirlo.

Aunque, por otra parte, lo más probable es que, si hubieran incurrido en el acierto de negárselo, no habrían evitado que se cometiera la atrocidad de la que hoy somos testigos impotentes. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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