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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 22 /11 / 2016. Fernando Durán Ayanegui. Costa Rica.

   

Polígono Internacional: Barbarie y Civilización.

 

Ya en nuestros tiempos de escolares, a los súbditos de los ciudadanos de los países latinoamericanos se nos insufla una especie de complejo de inferioridad política frente a la civilizada Europa, al enseñársenos, más por omisión que por información, que el desarrollo institucional de nuestras naciones empalidece frente a los del Viejo Continente y de la América sajona. En ese ámbito, nosotros somos la barbarie, ellos la civilización.

Y la arrogancia de los políticos, los periodistas y los pensadores del “mundo desarrollado” constituye un esfuerzo sostenido por convencernos de que esa inferioridad es real.

Por ejemplo, la expresión banana republic es una coletilla que ellos comenzaron a utilizar desde principios del siglo XX para referirse, por lo general despectivamente, a aquellos pequeños países latinoamericanos cuya suerte política consideraban sometida a los intereses de las compañías productoras de bananos de capital principalmente estadounidense.

Pero, con el tiempo, pasó a aplicarse a también a cualquier país de la región considerado económicamente y políticamente dependiente de sus vínculos con empresas extranjeras exportadoras de materias primas, a los que se les atribuía un alto grado de inmadurez y corrupción políticas y enormes limitaciones de soberanía impuestas desde los centros imperiales de Europa y Estados Unidos. En rigor, su uso en la jerga política podía cubrir a la totalidad de Latinoamérica.

Era, para los europeos y los estadounidenses, un amarre psicológico y propagandístico, justificante de un sentimiento de superioridad que les permitía asignarnos la peor parte en el contraste político entre civilización y barbarie.

En Occidente, ellos eran los civilizados descubridores y cultivadores de la democracia, nosotros los bárbaros destinados a soportar el despotismo y la dependencia permanentes.

Cuando el comando de campaña de Hillary Clinton denunció una supuesta intervención rusa en el reciente proceso electoral estadounidense, los rusos, como era de esperar, dieron la desmentida por respuesta.

En realidad, para nosotros se trataba de una anécdota política sin importancia, a lo sumo un síntoma de que la dirigencia del Partido Demócrata de Estados Unidos comenzaba experimentar un  sentimiento de derrota inminente y buscaba, en donde y en lo que fuera posible, una tabla de salvación; pero nos pareció insultante que el mismo Vladimir Putin preguntara burlonamente, en una intervención pública, si los denunciantes creían que Estados Unidos se había convertido en una banana republic a la cual una potencia de segundo orden como Rusia podía manipularle unas elecciones, sin dejar claro cuál era el blanco real de su ofensa: las banana republics o Estados Unidos.

Con su exabrupto, el gobernante ruso nos recordó la soberbia europea que les atribuye a los países latinoamericanos un estado de primitivismo político, y eso nos irritó lo suficiente como para que decidiéramos buscar en la historia reciente de Europa una réplica adecuada.

Dado que la mayoría de los comentaristas de prensa compararon la victoria de Trump con la llegada de Hitler al poder en Alemania, nos propusimos recordar cuántos eran los regímenes del tipo banana republic que había en Europa cuando el régimen nazi afianzaba su control sobre Alemania y, según una especie de leyenda negra a la inversa, toda Latinoamérica estaba gobernada por dictaduras sangrientas o por mafias corruptas que deberían avergonzarnos ante el mundo civilizado.

No pasaremos lista de los dictadores latinoamericanos de aquellos tiempos, pero con la idea de que quizás Donald Trump sea tan solo un imitador de impresentables bufones europeos contemporáneos del jaez de Sarkozy y Berlusconi, examinaremos el período comprendido entre la victoria de Hitler y el inicio de la II guerra mundial para ver de cerca algo que no nos enseñaron en nuestros dispersos cursos de historia.

Al nacer nosotros en agosto de 1939, cuando a Polonia le quedaban le quedaban pocas semanas para desaparecer como estado independiente, en la avanzada Europa estaban en el poder los siguientes gobernantes de diferentes pelajes fascistas, todos tolerados por una magra docena de democracias sobrevivientes y tan despóticos como pocos se habían visto en las banana republics de América: Mussolini en Italia, Oliveira Salazar en Portugal, Hitler en Alemania y Austria, Franco en España, Metaxas en Grecia, el regente Pablo en Yugoslavia, Horty en Hungría, Antonescu en Rumania, Boris III en Bulgaria, el rey títere Zog en Albania y Tiso en Eslovaquia. Omitimos mencionar aquí los collabos franceses que harían posible el régimen de Vichy, y el régimen bolchevique de la URSSS, este último por la sencilla razón de que en el continente de las banana republics autóctonas aún ningún partido comunista se había hecho con el poder: faltaban algunos decenios para que ocurriese la revolución cubana.

En suma, Putin debería retirar lo dicho y excusarse ante las banana republics originales y aceptar que, desde la óptica europea, Estados Unidos se encuentra, a lo sumo, a punto de convertirse en una gigantesca banana republic puesto que, por los vientos que corren, comienza a parecerse a un país de Europa central o mediterránea de la década de 1930. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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