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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 13 /2 / 2017. Fernando Durán Ayanegui. Costa Rica.

   

Polígono Internacional: Advertencia al mundo.

 

En aquella escuela técnica cubana la literatura no formaba parte del plan de estudio, pero tuve la suerte de que la institución -el Instituto Politécnico Superior de Ceiba del Agua- poseyera una biblioteca excepcionalmente rica, a la cual los estudiantes teníamos acceso sin orientación alguna y exentos de cualquier tipo de restricción o censura.

Esto no dejaba de ser extraño en vista de que Cuba estaba gobernada por el tirano Fulgencio Batista y la casi totalidad de los volúmenes ordenados en los anaqueles habían sido adquiridos antes de la instauración de la dictadura.

El jovenzuelo costarricense que era yo entonces, dudaba que en algún establecimiento de enseñanza secundaria de mi país, Costa Rica, hubiera una biblioteca de riqueza y dimensión comparables.

Entre los grandes literatos del siglo XX que descubrí ahí figuraba el austriaco Stefan Zweig, hoy injustamente venido a menos.

El próximo 22 de febrero se conmemorará el septuagésimo quinto aniversario de su muerte, acaecida en Petrópolis, Brasil, ciudad donde había hallado refugio después de escapar de un nazismo que desde 1934 lo había obligado a deambular por el mundo como exiliado y, desde 1938, con la anexión de Austria a Alemania, a convertirse virtualmente en apátrida.

No es este el lugar adecuado para hacer un comentario general sobre su obra literaria, pero sí lo es para dar fe de que los lectores de mi generación le seguimos guardando un respeto y una admiración que deberían resurgir ahora, cuando sus ineficaces –por lo tardías– advertencias sobre el advenimiento de la barbarie en Europa, publicadas cuando ya la II Guerra Mundial se había desatado, adquieren una alucinante actualidad.

Hasta pocos días antes de cometer suicidio, Zweig estuvo revisando el texto final de sus memorias, las que serían publicadas en Suecia, meses después, bajo el título de “El mundo de ayer”.

Esta obra es un esclarecedor recuento del camino hacia la catástrofe total recorrido por Europa en las primeras cuatro décadas del siglo XX.

Zweig era un europeísta convencido, lo que, se puede pensar, se daba en él gracias a condiciones ambientales específicamente austríacas: su niñez y su juventud transcurrieron en Viena, “la ciudad más feliz del mundo”, capital de un imperio cuya estabilidad se tenía por permanente, y desde la cual parecía posible sustraerse a las conmociones sociales y políticas del resto del planeta.

Él mismo confiesa haberse acogido en su juventud a la idea de que desde el interior de una cómoda burbuja artística e intelectual, ajeno a cualquier contacto con la política, se podía contribuir a la construcción de una Europa casi perfecta. (Pensemos, por un momento, en la conducta de ciertos intelectuales y artistas contemporáneos de América Latina y Estados Unidos).

No puedo resistir la tentación de reproducir el siguiente párrafo de Zweig, referido a la política austriaca de fines del siglo XIX y principios del XX: “Los grandes almacenes y la producción masiva de bienes supusieron una ruina para la clase media y los pequeños maestros artesanos. Se apoderó de este descontento y preocupación un líder hábil y popular, el doctor Karl Lueguer [fundador del partido social cristiano de Austria], que con el lema de <<hay que ayudar al pequeño>> arrastró a toda la pequeña burguesía y a la clase media irritada, cuya envidia hacia los acaudalados era insignificante en comparación con el miedo a verse desposeídas de su forma de vida burguesa y caer en el proletariado. Era la misma capa social asustada que más adelante congregó a su lado, como primera gran masa, Adolf Hitler, y Karl Lueguer le sirvió de modelo también en otro sentido: le enseñó lo manipulable que era el lema antisemita, que ofrecía a los descontentos círculos pequeñoburgueses un adversario palpable y, por otro lado, imperceptiblemente desviaba el odio por los grandes terratenientes y la riqueza feudal”. 

Queda así descrito, mutatis mutandi, el escenario dentro del cual se produciría el ímpetu del nazismo, y no hay que aventurarse mucho para pensar que también describe escenarios políticos actuales de Estados Unidos, Europa y América Latina.

Más adelante, escribe Zweig: “Tengo que confesar que en 1933 y todavía en 1934 nadie creía que fuera posible una centésima, ni una milésima parte de lo que sobrevendría al cabo de pocas semanas”.

Y cierra: “Pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y solo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, solo este ha vivido de verdad”. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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