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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 24 / 9 / 2019. Fernando Durán Ayanegui. Costa Rica.

   

Polígono Internacional: Libros, primates y gorilas

 

¿Hay diferencias entre un país centroamericano típico y otro tan atípico que bien podríamos considerarlo europeo?

Para cualquier costarricense que se respete, la anterior es una pregunta impertinente, por algo ostentamos el mote de “la Suiza Centroamericana”.

Sin embargo, ocasionalmente debemos considerarla. Veamos.

En setiembre de 1972, viajábamos por tierra desde Cambridge, Massachusetts, hasta San José, Costa Rica, a bordo de un vehículo cuya carga más pesada era un baúl metálico lleno de libros de química y de literatura. Entonces era posible hacerlo sin correr peligro de muerte.

En la aduana fronteriza del norte de Nicaragua nos hicieron bajar del vehículo para que ilustrados guardias nacionales de la época de Anastasio Somoza revisaran, uno a uno, los libros: Polymer Chemistry, Slaughterhouse Five, Modern Methods of Organic Sythesis, Théâtre et récits nouvelles -de Camus, claro-, Por quién doblan las campanas, etc., etc.

De pie, bajo un sol ardiente, vi cómo las pezuñas de los inspectores castrenses manoseaban las páginas con una parsimonia que hizo exclamar a uno de mis acompañantes, un colega estadounidense que habíamos conocido en la Universidad de Harvard y hablaba bien el español: “¿Sabrán leer estos primates? Parece que están deshojando alcachofas”.

Si bien los humanos formamos parte del orden de los primates, decir de un ser humano concreto que es un primate disimula un insulto qué significa “No sé a cuál especie de la orden de los primates pertenece”.

Me di cuenta de ello e iba a protestar por la connotación racista del comentario, pero me abstuve al recordar que desde Texas hasta Patagonia a los militares latinoamericanos los llamábamos gorilas.

Le gradecí a mi colega que no hubiera ido tan lejos. Lo bueno fue que no me despojaron de un solo libro y llegué con todos ellos intactos a mi culta Costa Rica y, por añadidura, sin que me cobraran un centavo en ninguna aduana.

El contraste se dio el pasado 13 de setiembre en la aduana postal del distrito de Zapote, a poca distancia de la Casa Presidencial del país más culto del mundo, en el que, ya se sabe, a los libros no se les grava.

Sin uniforme, pero tan flemático como los gorilas somocistas, un inspector revisó el lote de libros que, después de comprarlos en una feria del libro y en las ventas de libros usados, me había enviado por correo un amigo desde Portugal.

No saqué ventaja alguna de que el inspector autóctono no estuviera armado, porque la tozudez burocrática resultó ser tan intimidante como un rifle en manos de un búlgaro borracho.

Entiéndase bien, ya había pagado por el “almacenaje” de los libros en la bodega aduanal, pero el inspector se negó a entregarlos porque “le hacía falta” una factura de compra por cada uno de los volúmenes, dado que ¡tenía que cobrarme los impuestos! ¿No era, entonces, que en nuestro país híper alfabetizado los libros traídos sin fines comerciales no pagaban impuestos?

Al no contar con las facturas -algo que ni los primates somocistas de Nicaragua me pidieron-, tuve que renunciar a mis libros rogando al cielo que las alcachofas literarias en portugués de Eça de Queiroz no fueran a ser deshojadas con esos fines indecorosos que me imagino. 


La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress.es
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