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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 8 / 2 / 2019. Fernando Durán Ayanegui. Costa Rica.

   

Polígono Internacional: El hermano lobo al acecho

 

Según un lugar común, quien no conoce su historia está condenado a repetir sus errores.

Pero ocurre que somos muchos los mortales que no podemos conocer nuestra historia a causa de los malentendidos que generan los historiadores, y así no hay quien acierte.

Nosotros, para ir un poco a la segura, nos hemos inventado un concepto, o una frase, que es solo aplicable a los acontecimientos de, digamos, los últimos doscientos años: la arqueología noticiosa.

En la prensa occidental de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, por ejemplo, se encuentra bastante material del que, como ocurre con las momias egipcias, se pueden sacar indicios bastante aleccionadores de cómo se vivía la época del momificado.

Vamos a una nimiedad de esas. En setiembre de 1913, se reunieron en Viena, procedentes de toda Europa, miles de participantes en un Congreso Internacional de Salvamento y Prevención de Accidentes.

Se leyeron ponencias y se hicieron recomendaciones sobre, entre otros temas, la prevención de las caídas en las obras de construcción, la seguridad a bordo de los navíos comerciales y la técnica al servicio de la prevención de accidentes. El cónclave, se dijo, revelaba una naciente preocupación por la protección física de los trabajadores de las naciones civilizadas.

El acontecimiento tuvo, tal vez, tanta importancia como la que hoy tendría una competencia deportiva de dimensión intercontinental.

La prensa le dedicó gran atención al hecho de que numerosos médicos, administradores, juristas, bomberos, ingenieros, aseguradores, industriales, transportistas y toda clase de especialistas en cuestiones relativas a la prevención de accidentes en todos los ámbitos de la actividad productiva participaran en un encuentro que, según algunos, marcó el la aparición de una cultura en la que sería fundamental la generalización del derecho a la higiene laboral.

Proteger de la muerte y la mutilación a los operarios industriales, y a los trabajadores de la construcción y del agro pasaba a ser un deber básico del Estado y de la sociedad; sin embargo, en el acto de clausura del congreso el ministro del interior del Imperio Austrohúngaro esbozó una velada advertencia al calificar, por igual, a la legislación social austriaca y a la Convención de Ginebra sobre el trato a los prisioneros de guerra, de necesarios contrapesos a los peligros que el creciente nacionalismo entrañaba para la civilización.

Un periodista distraído bien pudo haber considerado que el ministro era un aguafiestas que politizaba el acontecimiento, pero se habría contenido al escuchar al alcalde de Berlín, invitado especial y segundo orador de la noche, quien cerraría su discurso diciendo que “la fiel hermandad militar de los hombres” continuaba en el Imperio Alemán.

Debemos suponer que los aplausos al alcalde berlinés fueron atribuibles únicamente a la cortesía vienesa y no a lo siniestramente premonitorio de su mensaje: antes de que transcurriera un año, aquella sensible Europa preocupada por evitar que sus obreros cayeran desde los andamios, reclutaba a millones de ellos para uncirlos a la “hermandad militar” de la terrible degollina que sería la primera guerra mundial. ¡Cuán poco han cambiado los tiempos!


La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress.es Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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