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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 11 / 10 / 2019. Fernando Durán Ayanegui. Costa Rica.

   

Polígono Internacional: El basurero de Pandora

 

El origen mitológico de la expresión “la esperanza es lo último que se pierde”, que todos conocemos desde niños, hoy parece olvidado: la esperanza es la única desgracia que no alcanzó a escapar de la mítica caja de Pandora, y más bien esa debería ser una razón para recurrir a ella lo menos posible.

En sentido simbólico, tal vez tengan razón quienes sostienen que depender de la esperanza en momentos en que la catástrofe es inminente, es la manera más eficaz de renunciar… a toda esperanza, pues esta, por haberle sido negada por los dioses a la humanidad, siempre será inútil.

Incluso contraproducente en muchas circunstancias. Observemos, también, que en el ámbito psicológico, no siempre es posible distinguir entre fe y esperanza, de modo que, para muchos, las expresiones “creo que”  y “espero que” presentan sinonimia absoluta, de modo que, antes de abandonarnos a la suerte, lo más apropiado sería decir que “la fe es lo único que nunca se pierde”.

En nuestros días, la humanidad se enfrenta a hechos —nos negamos a la tentación de llamarlos “problemas”— cuya naturaleza y cuyas dimensiones serían incomprensibles si no fuera por las aproximaciones que nos proporciona la ciencia, y ante los cuales es peligroso tratar de sustituir el conocimiento con la intrínseca inutilidad de la esperanza.

Lamentablemente, a los negacionistas de lo que no es refutable en términos científicos, muchas veces no se les exigen explicaciones; por ejemplo, cuando actúan desde la cumbre del poder político, o del poder económico, que viene a ser lo mismo.

Los negacionistas por interés económico o religioso —lo son la mayoría de los gobernantes y los dirigentes políticos— saben, o al menos sospechan, que participan en un juego “omnicida”, y cuando no pueden salirse con la suya gracias al terrorismo de estado o a la mera brutalidad, utilizan el recurso de despertar en las masas arrebatos de inútil esperanza para aprovechar que el negacionismo frente a la ciencia es una enfermedad fácilmente transmisible.

Quienes piensan que las masas descubrirán el engaño al que se les ha sometido y se rebelarán antes de que sea demasiado tarde, practican un optimismo que, al igual que el negacionismo, no es sino un disfraz de la esperanza: cuanto más amenazante se torna una situación más crece la demanda de una droga que, no sabemos cómo ni cuándo, logró finalmente escapar de la caja de Pandora.

Quizás eso explica por qué tantas de las soluciones seudo tecnológicas que proponen los políticos para salvar al planeta de la crisis climática parecen salidas de una serie cinematográfica de ciencia ficción.

En la primera fila de lo descabellado figuran las promesas de alcanzar la “descarbonización total” de las sociedades en el transcurso de los próximos tres decenios, tan en boga en los discursos de príncipes, presidentes y primeros ministros.

Con la información disponible sobre las necesidades energéticas del mundo dentro del marco del actual modelo de desarrollo, no se requiere más que una aritmética elemental para demostrar que tales promesas no pasan de ser un cúmulo de fantasías y esperanzas imposibles de satisfacer.

Pero, bueno, ahí nos queda, para hacer milagros, la fe en que “la fe mueve montañas” sin producir terremotos.   


La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress.es
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