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Fernando Durán Ayanegui
Costa Rica

   
   
 

LatinPress. 28 / 2019. Fernando Durán Ayanegui. Costa Rica.

   

Polígono Internacional: A lullaby for Trump

 

Todo parece indicar que la incesante tarea de emitir tweets le impide al actual Presidente de Estados Unidos escuchar, llegada la noche, los relatos épicos que le prepara el aedo oficial de la Casa Blanca.

No obstante, viéndolo tan entusiasmado con la idea de “borrar oficialmente” del mapa a Irán –la potencia heredera del Imperio Persa– y tomando en cuenta que según ciertos historiadores Estados Unidos es la potencia heredera del Imperio Romano, se nos ocurre que sería deseable que una noche de estas Donald Trump se adormilara mientras escucha la historia de Publio Luciano Valeriano, el político romano que, gracias a varias casualidades para él mismo sorprendentes, un día de tantos amaneció convertido en el Emperador de Roma; situación no tan envidiable como podría pensarse, ya que del medio centenar de emperadores romanos registrados, unos treinta murieron asesinados y no fueron los que corrieron peor suerte.

Se cuenta que Valeriano perdió los estribos cuando barruntó que los persas cometían excesos militares inadmisibles en regiones que hoy forman parte de Turquía y decidió conducir él mismo las invencibles legiones romanas en una campaña bélica destinada a aniquilar para siempre el incordiante Imperio Persa.

De modo que le dio el rango de César a su hijo, lo dejó a cargo del gobierno y se largó para Oriente al mando de una fuerza militar tan aparatosa que, para financiarla, tuvo que, entre otras cosas, machacar a cuanto cristiano se encontró en el camino y despojarlo de sus bienes.

En aquel entonces, a la soldadesca aún no le bastaba el patriotismo para combatir sin paga y sin rancho.

En las proximidades de Edesa, las cosas no le salieron a Valeriano tan bien como habría esperado. Sin esforzarse demasiado, el rey Sapor I de Persia lo capturó junto a buena parte de su imbatible ejército.

Aquella fue la mayor humillación que recibiría nunca Roma, pues fue la única vez que su Emperador se encontró cautivo de un monarca extranjero.

El hijo de Valeriano, probablemente desprovisto de la paciencia sucesoria del Príncipe Carlos de Inglaterra, no puso empeño alguno en rescatar al prisionero, sobre cuya suerte final se tejieron diversas versiones: que Sapor I lo utilizó como taburete para subirse a su caballo; que Sapor I lo hizo desollar y usó su piel, teñida de rojo, a manera de estandarte; que durante varios años fue obligado a trabajar junto a sus legionarios en la construcción de obras públicas en Persia y, de hecho, se afirma que, todavía hoy, en algún lugar de Irán o Iraq se conserva parte de una muralla –¿fronteriza, tal vez?– conocida como “el muro del César” porque la erigieron Valeriano y sus desgraciados subalternos.

Admitamos que, contándole esta historia a Trump, el aedo de la Casa Blanca correría el riesgo de que al César del siglo XXI le sobrevenga una rabieta y por lo menos una semana de insomnio.


La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress.es Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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