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Fabrizio Reyes de Luca
Ecuador.

   
   
 

LatinPress. 16 / 4 / 2018. Fabrizio Reyes de Luca. Ecuador.

   

Lucha contra el narcotráfico y la delincuencia

 

El país se encuentra sumido en una escalada narco delictiva, bajo la cual ni las leyes, ni la vida humana, ni las modestas pertenencias de un ciudadano están seguras, ni mucho menos aceptablemente protegidas.

Esta escalada se expresa con violencia, ejercida por narcotraficantes y delincuentes que utilizan sofisticadas armas de fuego para burlar derechos inviolables de los ciudadanos, como el derecho a la vida, o para perturbar el orden legal establecido.

Esto quiere decir, en pocas palabras, que la delincuencia organizada se ha insubordinado contra la ley, han atacado a muerte a los representantes de la Fuerza Pública, matando militares con bombas, tomándose las calles de los pueblos de la frontera norte y de las grandes ciudades, para despojar de sus propiedades a los ciudadanos indefensos.

Es una guerra desenfadada, atrevida, prepotente e impiadosa contra la sociedad y contra el Estado.

No nos perdamos en verla así, porque en el fondo se trata de un desafío articulado, sistemático, criminal y perverso contra todos los elementos que forman nuestro marco institucional y nuestro modelo de vida.

Si es así, si se trata de una guerra declarada o no, contra la sociedad y el Estado, representado en sus normas jurídicas, entonces cabe la pregunta: ¿Qué espera la sociedad y el Estado para presentar batalla y defenderse de este ataque nutrido y concentrado de la delincuencia organizada y de la narco-guerrilla?

Estemos claros: lo que procede es que el Estado ofrezca una demostración contundente de la fuerza que legítimamente le corresponde ejercer para mantener la paz y la seguridad ciudadana, y que la sociedad lo secunde en esta respuesta.

Los enemigos están actuando, están matando, están robando, están forzando a los ciudadanos a atrincherarse y vivir con miedo. Y en tales condiciones, ni el Estado ni la sociedad deben permanecer pasivos, pretendiendo ignorar que estamos en medio de una guerra, aunque no haya sido declarada como tal.

Lo que está ocurriendo en el país es para pensarlo dos veces. Estamos bajo el ataque de grupos de narcotraficantes y de la delincuencia organizada. Pareciera que un plan elaborado por mentes siniestras se lleva a cabo. Luce como una provocación a nuestras Fuerzas Armadas y Policía Nacional. La delincuencia está retando la eficacia, destreza y contundencia del aparato militar y policial nacional. Esto no es solo preocupante, sino muy peligroso. 

Los delincuentes muestran que no tienen miramientos. No respetan sexos, edades, zonas ni ocupaciones. Han ampliado su blanco en  víctimas inocentes y se ensañan con los militares y policías. La criminalidad ha dictado pena de muerte contra la autoridad. Se han invertido los roles.

Se ha afirmado, desde todas las direcciones, incluyendo estamentos militares, políticos, religiosos y en la intimidad de nuestros hogares, que urge contener la delincuencia y su manifestación en la administración de la cosa pública: la corrupción, la que estimula, alimenta, propicia y fermenta la delincuencia. 

El país en pleno ha reclamado "mano dura" contra estos males. Incluyendo a la Policía Nacional, que lamenta el rol de la justicia, de ciertos jueces y fiscales. La gente observa que es por la brecha de la corrupción y las componendas entre jueces, fiscales, servidores públicos, abogados y delincuentes, por donde se filtran esos cánceres de nefandas impunidades.

Por ella, entran muchos a saciar sus hambres bestiales, a realizar sus impulsos de delinquir, a destruir lo que encuentran a su paso: vidas dignas, juventudes ilusionadas, propiedades adquiridas con años de sudor, tesonero esfuerzo y grandes sacrificios. Y por la misma brecha salen impunes, burlan lo que de civilidad y honor pueda quedar en esta vapuleada sociedad.

Se reclama "mano dura" contra los que, en el juego de intereses, fueron abandonados por el amor, la democracia y la justicia. A esos mismos que la sociedad, especialmente los gobiernos, negaron el derecho a vivir con dignidad, a alimentarse, a educarse y al progreso. La justicia los dejó en manos de las hienas del microtráfico; sus mandatarios los olvidaron y el sistema de salud pública los trató como sub productos. 

Ante las carencias, perdieron la fe en ellos hasta el punto de ignorar por completo su calidad humana y lo que eso significa, ser mentalmente alienados. Así, devinieron en cuerpos que viven para el momento.

Desde su marginalidad y periferia, atestiguan la coronación del lumpen, las ostentaciones opulentas de las sucesivas oleadas de nuevos enriquecidos cuatrienales. Y captan el mensaje: "lo que funciona es delinquir y corromperse".

¡Lo demás es ser pendejo! Ese mensaje destila, con ejemplos e ilustraciones, desde las altas esferas de nuestra administración pública y de la sociedad. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 
 
 




 
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