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Fabrizio Reyes de Luca
Ecuador.

   
   
 

LatinPress. 22/ 1 / 2019. Fabrizio Reyes de Luca. Ecuador.

   

La ciencia económica en el siglo XXI

 

Cuando los padres fundadores de la economía política no tuvieron ningún reparo en hablar de lo que ellos consideraban importante, ni expresar sus opiniones sobre el propósito de la economía, ésta entró en el escenario de la ciencia para transformar la visión tradicional de interpretar los cambios sociales y económicos predominantes. 


Pero resulta que, hacia finales del siglo XIX, la generalidad de los enfoques, se sustentaron en los criterios de la existencia de la ciencia económica, como respuesta a la problemática de la sociedad que obligaba al Estado a impulsar políticas públicas, lo que para el siglo XX, fue ampliado bajo lo que conocemos como política económica.


Con el trascurrir del tiempo, las evidencias empíricas han demostrado que la economía es extremadamente dinámica en su concepción y actuación, por tanto, resulta un axioma irrefutable que ésta se va transformando de manera sistemática, condicionada a los cambios en el entorno. Un ejemplo de lo afirmado es que, en la actualidad, la política económica nacional ha perdido su autonomía doméstica para subordinarse a las tendencias cíclicas de la globalización.


A raíz de la crisis financiera global de los años 2008-2012, la ciencia económica del siglo XXI, se ha visto ponderosamente impactada y alarmada por dos preocupaciones que han trascendido a escala planetaria con la resonancia del movimiento Occupy Wall Street, algo que estremeció los mercados financieros globales, en particular el de New York.

En una dimensión más amplia y persistente, está la responsabilidad con que se ha asumido la presión por el cambio climático, cuya externalidad negativa potencia la destrucción de la economía global de manera acelerada.


Estos dos fenómenos propios del siglo XXI, han provocado que el análisis económico haya incorporado los adjetivos calificativos como crecimiento sostenido, crecimiento equilibrado, crecimiento duradero de largo plazo, crecimiento inteligente, crecimiento inclusivo, crecimiento ecológico inclusivo y crecimiento responsable. 


Cuando se observa la relevancia que se le ha dado a estos conceptos, de manera automática se plantea la interrogante: ¿Qué clase de crecimiento se requiere en el siglo XXI? La respuesta sigue siendo una tarea pendiente muy difícil, puesto que en la actualidad, la humanidad está inmersa en lo que se reconoce como crisis de la pobreza, las ascendentes desigualdades, el preocupante cambio climático, la vulnerabilidad de los mercados financieros, entre otros malestares en la economía mundial. 


Hoy, los economistas y líderes políticos del mundo, interpretan que la única forma de enfrentar estos flagelos, es invocando la eficiencia económica, la productividad y el crecimiento económico puro y simple, como si las matemáticas económicas por si solas resuelven estos problemas.


Si se excluye por un momento el patrón de la cuantificación del crecimiento del PIB, es fundamental la preocupación acerca de en realidad, lo que permite a los seres humanos ser parte de la resonada prosperidad que permanentemente ocurre en el mundo con ecos mediáticos. 


En el siglo XXI, resulta poco serio exhibir la mitigación o erradicación de la pobreza, cuando todos los días se ven los mismos pobres, con las mismas tragedias, las mismas desesperanzas y las mismas penurias a escala planetaria, pues se trata de una derrota en que los hacedores de las políticas públicas no han logrado salir triunfadores.


La economía del siglo XXI no puede exhibir el trofeo de campeón, cuando ya se reconoce que la envergadura de la desigualdad global de la renta y la responsabilidad de las emisiones de gases de efecto invernadero están brutalmente sesgadas, afectando de manera directa que las personas puedan llevar una buena calidad de vida. 


Para tener una idea de la magnitud de esto, solo hay que reconocer que el 10% de los mayores emisores generan el 45% de las emisiones globales contaminantes, por igual, se sabe que el 13% de la población mundial está desnutrida; sin embargo, se experimenta un dualismo económico cuando en el otro extremo, la riqueza del 1% de la población se exhibe como logro de prosperidad, lo que se interpreta que en pleno siglo XXI, se vive de espaldas a la realidad.


En el siglo XXI, los países en vías de desarrollo, siguen siendo los principales impulsores del crecimiento económico y representan aproximadamente el 60% del crecimiento del PIB mundial, fruto de políticas macroeconómicas responsables.

Pero la irracionalidad e incoherencia en la aplicación de éstas en los países en desarrollo, explican en una alta proporción que el crecimiento del PIB, se mantenga muy por debajo del 7%.


Es por tales razones que muchos analistas, no economistas, resaltan como alternativa viable, el anacronismo de la denominada economía solidaria, sustentada en criterios caritativos, que excluye a los seres humanos de la esfera de la producción y reproducción del asistencialismo asociativo. 


En el contexto de un difícil entorno económico y financiero, se precisa de un enfoque de políticas públicas más equilibradas, no solo para restablecer una trayectoria de crecimiento saludable a mediano plazo, sino también para lograr un mayor progreso en cuanto a un desarrollo sostenible, y éste ha de subordinarse a la impresionante revolución tecnológica global, en un mundo que proyecta un año 2050, con el 70% de la población mundial habitando en las zonas urbanas de las grandes ciudades.


La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress.es
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