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Fabrizio Reyes de Luca
Ecuador.

   
   
 

LatinPress 18 / 8 / 2019. Fabrizio Reyes de Luca. Ecuador.

   

El liderazgo de un Estadista

 

Desde tiempos remotos se ha intentado diferenciar al gobernante normal del excepcional. Para ello, se han utilizado expresiones como: “gran líder”, “figura histórica”, “personalidad arrasadora”, “gran timonel”, etcétera; y, en menor grado, se lo ha llamado “Estadista”.

Tanto las ciencias políticas como la sociología, han concentrado sus esfuerzos en el estudio del líder, por lo que no hay trabajos consistentes que hagan una diferencia cualitativa entre líder, gobernante y Estadista. 

Sin embargo, la cantidad de gobernantes que producen las democracias constitucionales en la actualidad, obligan a que se establezca una diferencia entre nuestros presidentes, para que dicha diferenciación sirva de guía a electores, partidos políticos, sociedad civil y a la población en general, a la hora de tomar decisiones que puedan afectar al país.

El estadista es visionario, en aras de la dinámica social proyectada hacia una nación más consolidada democráticamente, en todos los aspectos de la vida colectiva, incluyendo el político.

Actúa como instrumento del devenir histórico, al servicio del cual pone su sabiduría. Al respecto, cabe recordar la frase de Winston Churchill: “el político piensa en la próxima elección, el estadista en la próxima generación”.

Los Estadistas son gobernantes extraordinarios que solo surgen en tiempos de profundas crisis o en épocas de transición, que por lo general implican transformaciones radicales o virajes históricos, ya sea para proteger a una sociedad o para hacerla avanzar hacia el progreso.

Es decir, son aquellos líderes cuya sensibilidad los hace comprender antes, con más lucidez y más profundidad, una nueva situación histórica: intuyen los problemas rápidamente y actúan en consecuencia.

En cambio, el gobernante ordinario actúa en tiempos de calma cuando la sociedad solo necesita conservar la cohesión y la marcha normal del país, por lo que su actuación no requiere de condiciones personales extraordinarias, ni la aplicación de medidas radicales que estremezcan los cimientos de la sociedad.

El líder influye en los demás. Su liderazgo puede ser coyuntural o limitado. Puede trascender el presente y las fronteras. Puede ser líder por autoridad moral y/o política, por el Poder o por la capacidad para asignar los recursos de un Estado.

El liderazgo puede ser utilizado a favor o en detrimento de los pueblos. Para fortalecer la democracia o limitarla.

Para el avance positivo de las naciones, o su estancamiento, e incluso su retroceso. Todo depende de la visión del líder, y del tipo de influencia que sobre él mismo tengan sus allegados, y los intereses que representen.

Siguiendo la tipología de los liderazgos, podemos identificar dos tipos de Estadistas: el iniciador-revolucionario, que se caracteriza por promover profundos cambios, fijar nuevos objetivos y metas, diseñar estrategias, plantear y programar nuevas tareas y ser capaz de convertir todo esto en realidad; y el procursor (protector-realizador), que se caracteriza por tomar iniciativas que ofrezcan seguridad a su nación especialmente frente a peligros externos.

La meta del procursor es conservar una determinada forma de vida, una cultura, así como valores y convicciones profundamente arraigados.

El Estadista procursor se diferencia del iniciador-revolucionario porque solo hace cambios para evitar que la crisis sea peor o para impedir que se produzcan mayores males sociales.

Es decir, el procursor no es un abanderado de lo nuevo por convicción, sino por coyuntura, pues promueve cambios solo para superar las adversidades que confronta un conglomerado social.

La naturaleza del Estadista depende en gran medida de las características del país que le ha tocado gobernar, esto es: nivel de desarrollo, tradiciones, cultura, recursos, entre otras.

Es evidente que existen determinadas cualidades que distinguen frecuentemente al líder como capacidad de oratoria, inteligencia, fuerza de voluntad, sabiduría, profundidad de convicciones, consistencia ideológica, confianza en sí mismo, capacidad de concentración, y en algunos casos, bondad y desinterés; sin embargo, es muy difícil prever el surgimiento de un Estadista a partir de estas características.

¿Quién hubiese sido capaz de predecir en base a estos rasgos, el surgimiento de Estadistas de la talla de Franklin Delano Roosevelt, Winston Churchill, Lenin, Napoleón, Bolívar o Mandela? Ninguno de ellos respondía a estos requisitos hasta el momento de su aparición. Cada uno desarrolló en su terreno y contexto, las cualidades que le confirieron unos rasgos singulares.

Se puede decir, que el Estadista no es sólo el fruto de sus capacidades o dotes excepcionales, o de su talento creador y emprendedor, sino también de una inmensa laboriosidad, de amplias indagaciones y de una gran perseverancia y tenacidad en el logro de los objetivos planteados.

Por lo tanto, el Estadista no es un mesías, sino un hombre de carne y hueso con la sensibilidad y la preparación adecuada, que la historia encontró en el momento preciso y en el lugar indicado.

El Estadista, normalmente, tiene una personalidad orientada hacia el poder y hacia la adaptabilidad a las transformaciones sociales.

Su ideología, visión del mundo y creencias, adquiridas durante el curso de su desarrollo personal, casi siempre están en correspondencia con las características de la crisis que le ha tocado enfrentar.

Por lo general, el Estadista es el gobernante eficaz por excelencia, puesto que sus motivaciones, incentivos y habilidades se adecuan mejor que cualquier otro, a los requerimientos del rol presidencial. 

El Estadista es un fiel intérprete del interés nacional. Con frecuencia toma decisiones de alta calidad, pues casi siempre elige políticas u opciones que minimizan costos, riesgos y recursos, y libran a las naciones de cometer errores que se traduzcan en descalabros económicos y sacrificios inútiles.

Los Estadistas fijan el momento de la acción decisiva, basándose en un sereno análisis científico aportado por sus más inteligentes colaboradores, pero también son capaces de aprender de sus errores y de las experiencias del pasado.

Por lo general, los Estadistas son grandes políticos, que se diferencian de los gobernantes ordinarios, porque logran sintetizar en una sola persona las cualidades clásicas del político exitoso, esto es: pragmatismo, sagacidad, olfato, instinto, imagen, equilibrio, prudencia, habilidad para el consenso y, especialmente, sentido de la oportunidad y la conveniencia. Esto los convierte en profesionales de la realidad, pues es allí donde ejercen su papel y no en otro escenario imaginario.

Todas estas cualidades les son imprescindibles para lograr la cohesión de su partido político, el equilibrio de los poderes del Estado y la unidad de la nación; combinación sin la cual, resulta cuesta arriba sortear una profunda crisis o una necesaria transición política.

Un Estadista puede nacer en cualquier país no importa su tamaño, nivel de desarrollo, población o posición geográfica.

Si en una sociedad se presenta la necesidad histórica de transformaciones profundas o ésta se enfrenta a una crisis que pongan en peligro la existencia misma de una nación, entonces surgirá un Estadista con la energía y la capacidad para protegerla o para procurar su desarrollo.

Su nacimiento puede tardar décadas y pueden pasar algunos años para que sus ideas den los frutos esperados, pero tarde o temprano ese líder excepcional aparecerá. Así, lo ha demostrado la historia.

Los Estadistas son portadores de las aspiraciones de las organizaciones sociales y políticas, cuyos intereses demandan cambios en la composición del poder, pues por lo general, estas clases y grupos sociales son los más afectados por la profundidad de la crisis y por las decisiones de quienes controlan el Estado. 

Aunque son representantes de fuerzas específicas, en algunos casos, los Estadistas pueden lograr el consenso casi generalizado de su nación, especialmente, cuando las consecuencias de una crisis afectan a la mayoría del pueblo, que aspira a una salida sostenible y rápida al problema ocurrido.

Por lo tanto, no hay dudas que la condición de Estadista es situacional, pues depende de las características del movimiento social o político, y del contexto específico en que éste actúa, lo cual quiere decir, que la marcha de la sociedad no depende de sus ideas o de sus aspiraciones, sino de las fuerzas sociales y materiales que interactúan en el proceso histórico. 

El Estadista lo que hace es imprimirle al proceso su sello personal. Puede acelerar los procesos, facilitar sus objetivos, puede incluso contribuir a ahorrar sacrificios innecesarios, pero no puede detener la marcha de la historia.

Naturalmente, que el progreso de un país no solo se haya condicionado por las necesidades sociales, sino también por la capacidad, el talento y las cualidades personales de sus dirigentes.

El Estadista ha de ser un comunicador más que excepcional, pues superar una crisis profunda obliga por lo general, a tomar medidas que implican grandes sacrificios para la población, lo cual demanda de una especial capacidad de persuasión que oriente las percepciones, actitudes y conductas de la gente (que en las democracias modernas son votantes) hacia una clara comprensión de la magnitud de la crisis y de la necesidad de superarla.

Esto implica lograr que la sociedad acepte privaciones y sacrificios que en momentos de normalidad no aceptaría, lo que solo se logra a través de la magia y la capacidad de un gran comunicador, mediante el uso de las más depuradas técnicas, recursos y equipos disponibles por la ciencia en un momento histórico. 

La profundidad de los cambios que promueven los Estadistas, la fuerza de sus argumentos y los resultados de sus actuaciones los convierten en modelos históricos a seguir.

Su vida y obra casi siempre son objeto de estudios, análisis e imitaciones.

Por lo general, los logros de los Estadistas trascienden y perduran en el tiempo, pues como sus acciones son originales e innovadoras, siempre se proyectan al porvenir.

Además, las crisis profundas y los líderes que las solucionan no aparecen con frecuencia en una sociedad, por lo que los cambios promovidos por ellos, tardan en ser superados.


La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Latinpress.es Colaboración especial para LatinPress®.

   
 
 
 




 
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