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Fabrizio Reyes de Luca
Ecuador.

   
   
 

LatinPress. 11 /06 / 2016. Fabrizio Reyes de Luca. Ecuador.

   

PIB: medida del crecimiento.

 

En la literatura económica internacional se estila emplear el término Producto Interno Bruto (PIB), para hacer referencia al grado de crecimiento productivo de un país en función del valor de la riqueza material creada.

En efecto, cuando se trata de calcular la riqueza creada por una economía o deducir si la misma crece o entra en recesión, se suele hacer uso del PIB, en cuanto variable macro fundamental de las cuentas nacionales.

Un gran problema en la medición del PIB viene dado porque no establece distinción entre el ingreso creado por la producción de cosas favorables al consumo humano (alimentos, prendas de vestir, viviendas y medicinas, entre otras) y el que se genera, por ejemplo, por la fabricación de armas de todo tipo, para la destrucción de la vida misma.

En la actualidad, nuestras economías y nuestros dirigentes enfocan la mayor parte de los esfuerzos socioeconómicos de un país hacia potenciar el crecimiento del PIB.

Esta es una medición aceptada globalmente para evaluar el progreso y el desempeño de un país, y por lo tanto, se constituye en la vara de medición por la que se juzgará la política económica de cada gobierno.

El problema es que la política de utilizar como indicador económico principal el crecimiento del PIB, lejos de ser perfecta, con el paso del tiempo es cada vez más imperfecta, y esta imperfección la conducirá inevitablemente a estar cada vez más lejos de lo que realmente pretende medir.

Así, el valor del PIB mundial que representa la producción de unos 194 países oficialmente reconocidos por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) alcanzó en el año 2012, la suma de 71,8 billones de dólares, en tanto que para el cierre del 2015, superó los 77 billones de dólares.

Ahora bien, ¿es correcto utilizar el PIB como el más auténtico medidor del crecimiento económico en un país dejando de lado la distribución de la riqueza? Ese indicador macroeconómico no revela realidades sociales sustanciales que se manifiestan a través de la distribución de la renta y su impacto en el entorno social.

Y es que la medición del PIB suele ser engañosa, toda vez que ella engloba a todo el que produce, sin detenerse a pensar la cantidad real que aporta cada quien, así como a establecer diferencia entre la persona que recibe anualmente mucho ingreso y aquella que recibe muy poco.

Las Naciones Unidas toman en cuenta el PBI para definir las prioridades y necesidades en materia de cooperación internacional, pero el problema real es que se trata de un promedio que no muestra las diferencias que existen al interior de una nación.

La medición del crecimiento económico a través del PIB, no basta para determinar su impacto sobre el mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos de un Estado, pero es obvio que sin un aumento en el valor de la producción de bienes y servicios, no se podría implementar proyectos efectivos de desarrollo económico y social.

Por eso, cuando se habla del llamado “PIB per cápita”, es decir, por persona, hay que cuidarse de las apariencias que se reflejan al dividir el valor medido en dinero de la riqueza material creada entre la cantidad de habitantes de un país.

No es verdad que a cada persona que vive en una sociedad, le corresponde automáticamente una proporción igualitaria del poder adquisitivo, para asistir al mercado en busca de bienes y servicios.

Se trata de un cálculo engañoso que pretende esconder las enormes brechas de la desigualdad. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 
 
 




 
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