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Fabrizio Reyes de Luca
Ecuador.

   
   
 

LatinPress. 27 /11 / 2016. Fabrizio Reyes de Luca. Ecuador.

   

Las dimensiones del ego.

 

Luego de observar el comportamiento social de muchos seres humanos, entre los que me incluyo, me siento en el deber de escribir estas breves líneas, en relación con el excesivo ego que todos aupamos en estos tiempos.

Al “yo” penetrante, frío y calculador hay que educarlo. Una forma de hacerlo es con un aparato de ficción al que he denominado egómetro (para medir el largo del ego de las personas), y que sirve para controlar el “yo” enfermizo y no creernos por encima del bien y del mal.

Es saludable que al levantarnos lo primero que hagamos sea medir nuestro ego con el egómetro, y si está por encima de los niveles recomendables, bajarlo a fuerza del poder de la oración, como demostración de nuestra humildad frente a Dios.

Para adquirir conciencia de cómo perjudica este ego inconsciente, recomiendo, antes de usar el egómetro, hacer una introspección acompañado de un texto enriquecedor del sacerdote franciscano de origen español, Ignacio Larrañaga, que no tiene desperdicio, porque entiendo que nadie ha descrito mejor el “yo” en ese contexto. Larrañaga, expresó que los misteriosos abismos del “yo”, al que no escapa nadie, porque desde que se entra en el uso de la razón, se proyecta instintivamente una imagen de sí mismos.

Con el transcurrir de los años, gradual e inconscientemente la persona se va apartando y distanciando de la imagen social que desea proyectar.

Entonces ocurre algo realmente importante en la persona, identifica lo que es con lo que imagina ser, y sin quererlo, en un desenfreno sin límites, se hace esclavo con una morbosidad dañina, de una imagen falsificada del “yo”.

La autenticidad se pierde y gana terreno la imitación del comportamiento de falsos líderes que abundan en los tiempos de la postmodernidad.

De esta manera, los hombres caemos en el error de preocuparnos más de cómo nos ven los demás, que cómo realmente nos vemos. Importa la imagen no la realidad, una imagen fantaseada que el religioso capuchino antes citado, señala como el “yo”.  Ese “yo” que es una ilusión, una ficción que seduce, una mentira que sojuzga a la persona como una cruel tiranía.

Producto de esta metamorfosis, puede llevar a la persona, a que se deje dominar por la tristeza, que como frustración existencial, hace estragos en su vida, porque cree que  su imagen ha perdido brillo, y además cae en el abatimiento porque su popularidad  ha bajado.

En ese vórtice, el hombre va cavando su propia tumba, y la depresión se apodera de él, porque su prestigio se ha venido a menos. La  identidad personal o sea su propio yo, permanece inalterable, pero su imagen, el “yo”, es la que sube o baja, y al flujo de los elogios o críticas se incrementa o  desciende en sus ímpetus o depresiones.  Evocando a Larrañaga, no hay dudas de que el “yo” que se ha descrito roba al ser humano la paz y la alegría.


Concluyo recordando una frase célebre del maestro espiritual estadounidense, Andrew Cohen: “El auténtico yo es la mejor parte del ser humano. Es la parte de ti que ya se preocupa, que ya está apasionada sobre la evolución. Cuando tu auténtico yo milagroso se despierta y se vuelve más fuerte que tu ego, intentarás marcar una diferencia en el mundo. Literalmente entrarás en una alianza con el principio creativo”. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 
 
 




 
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