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Fabrizio Reyes de Luca
Ecuador

   
   
 

LatinPress. 4 /02/ 2016. Ecuador

   

El legado de Obama.

 

No hay algo más admirable en la tradición política de los Estados Unidos, que su modelo institucional, donde el sistema no es presidencialista en función de las atribuciones conferidas al presidente del país, sino en razón de su posición respecto al poder legislativo ya que existe una real separación de poderes, en el cual es obligatorio la rendición de cuentas del primero frente al segundo, teniendo este último la libertad plena en la elaboración de leyes que el poder ejecutivo requiere para accionar.

Es por tal razón que se explica el por qué a ninguno de los 44 presidentes, se le ha ocurrido la idea de modificar la Constitución de Filadelfia de 1787, sino que se han realizado algunas enmiendas, 27 en total, siendo la última en 1992.

La constitución de EE.UU., se considera la más antigua y sencilla del mundo, cuya estructura está dividida en VII artículos con sus respectivas secciones y numerales, donde los tres primeros tratan del poder legislativo, el poder ejecutivo y el poder judicial, los cuales son independientes entre sí, a su vez, cualquier enmienda procura fortalecer la misma, pero nunca modificar su forma y duración de gobierno.

Esta institucionalidad es lo que explica que los norteamericanos respeten a su presidente, acuden a las urnas en cada proceso electoral para elegir a un presidente, que es su líder y símbolo máximo del republicanismo americano, que es el depositario de la soberanía del pueblo.

Es por esa, y otras razones, que la Constitución de Estados Unidos, se ha convertido en el legado histórico de sus padres fundadores, donde ninguno de los 44 presidentes que ha tenido ese país sea denigrado, ni se puedan prescindir de ellos para entender su historia.

Es que los más grandes pensadores de esa nación le dieron la estructura, los recursos y el carácter de los que hoy presumen, además, que no registra, en toda su historia, un hecho de destitución de un presidente por golpe de Estado, a pesar de haber existido buenos y malos mandatarios.

En la historia política de esa nación, poco se había resaltado tales acontecimientos y valores, hasta que en el 2004, Barack Obama presentó en la Convención demócrata de Boston al candidato presidencial John Kerry, hoy secretario de Estado, paradoja de la vida, y en el cual invocaba a los padres fundadores del Estado de la Unión, para extraer de estos la frase inmortal de que: “No hay una América negra y una América blanca, solo hay los Estados Unidos de América”.

Es tal acontecimiento que lo coloca en la avenida que lo catapultó a la Casa Blanca, camino que aprendió el 20 de enero del 2009, al jurar como presidente, fruto de su victoria del 4 noviembre del 2008, ya que fue asumido como un político para la concordia, el debate culto y el civilizado intercambio de ideas, cautivando a los electores cuando invocaba a Abraham Lincoln destacando que “él nos dijo que hay poder en la esperanza”, por lo que construyó expectativas al usar su frase de combate del “Sí, podemos”.

La aspiración presidencial de Obama tuvo mayor aceptación porque coincidió con la crisis financiera que estalló a partir del 2007, año en el que Estados Unidos cayó en una gran recesión que contagió al resto del mundo, prolongándose hasta el primer semestre del 2012, cuyas causas están explicadas, fundamentalmente, por los desequilibrios internacionales de la balanza de pagos, la abundancia financiera y el estallido de la burbuja inmobiliaria, situación que se convirtió en el caldo de cultivo en la que germinó una debacle económica.

La abundancia de capitales provenientes de las grandes economías, indujo que la Reserva Federal americana adoptara una política monetaria enérgicamente expansiva, la cual obligaba a una reducción de los tipos de interés e inundando con liquidez a la economía, por ende, multiplicaron el crédito, lo que implicó la instauración de bases frágiles para el crecimiento.

Pero resulta que esta modalidad de consumo de crédito más bien lo que ocultó fue las dificultades que atravesaba la economía americana, surgiendo así la denominada crisis suprime expresada en una crisis bancaria y bursátil que impactó en la economía real y mundial, cuya expresión fue la quiebra del emblemático banco Lehman Brothers, provocando que los inversores perdieran la confianza en los bancos, que desencadenó en un pánico bancario.

La presencia de las crisis inmobiliaria, bancaria y bursátil crearon la base de la recesión económica que redujeron la riqueza de las economías domésticas y la demanda de consumo que obligaron a enfrentar la misma (2008-2009), mediante la aplicación de políticas económicas de corte keynesianas, y luego, en el período 2010-2012, con políticas neoclásicas, esa fueron la turbulencias con las que Obama inauguró el inicio de su administración.

En su discurso de primera investidura, Obama reconoce ese ambiente de crispación social al resaltar que “es bien sabido que estamos en medio de una crisis” y “nuestra economía se ha debilitado enormemente, como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, por lo que, el estado de la economía exige actuar con audacia y rapidez”.

Hoy se puede afirmar que existe una marcada recuperación económica expresada en un crecimiento del PIB que gira alrededor del 3%, lo cual es una clara señal de superación del cataclismo económico del año 2008, razón por la que el presidente Obama ha destacado que “estoy orgulloso de haber salvado la economía”, pues “desde que asumí el cargo hace siete años, nunca he sido tan optimista sobre el año próximo, como ahora”.

Si se asume tal situación como un axioma, entonces en EE.UU., se ha transitado de una turbulencia a una prosperidad que coloca a Obama en un lugar privilegiado en la historia estadounidense.

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