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Alberto de Luca Bartolomeo
Venezuela·

   
   
 

LatinPress. 26 /09 / 2016. Alberto de Luca Bartolomeo. Venezuela.

   

Psicología al día: Sigmund Freud. La construcción del deseo.

 

En nuevo aniversario de la muerte de Freud, despliego algunas lecciones aprendidas del maestro, acerca del deseo.

El deseo, sobre todo cuando no se refiere a bienes materiales, puede ser sinónimo de pulsión de vida o de libido. Puede ser también una forma de asirse al presente, al momento, al ego, y a las personas o metas (escribir, correr, cantar, adelgazar, etc), que influyen en la conformación del propio ser.

El deseo es una extensión de la vida.
Una forma de palparse vivo. Una fuerza que nace del YO pero que se cristaliza fuera del YO. Su presencia deviene esperanzas e ideas, y con suerte, alegría. Su ausencia conlleva tristeza, aplanamiento y grados  variables de depresión.

La pérdida de deseo, cuando extrema, es patológica. No desear es una forma de morir. Recuerdo, la respuesta de una mujer universitaria de 65 años. Al interrogarla acerca de su padre me respondió que “había muerto de tristeza”. La tristeza y la postrera muerte del progenitor se debieron al fallecimiento de uno de sus hijos. “De la falta de deseo de seguir viviendo”, según la hija.

En los certificados de defunción no es válido decir que “el enfermo expiró por tristeza o por falta de deseo”. La ciencia es demasiado seca y los papeles demasiado rigurosos: ¿cómo explicar que la muerte puede llegar porque la carencia de deseo devino tristeza y ésta se apoderó de las células?

Es cierto que no existen tumores de tristeza o melancolía, pero es  cierto también que la “química” corporal se altera cuando la desdicha envuelve la vida del afectado. Mientras el deseo, aunque duela, construye, su falta impide o detiene los procesos vitales. Muchos poetas cavilan con frecuencia acerca del tema. Las coplas del poeta anónimo lo explican bien: “Han de saber los vivos/que la muerte no duele/que el dolor no mata/que las heridas entienden lo que digo/cuando cada amanecer hablo/mientras mejora el dolor de la ausencia”. Así es: los prismas de la realidad son como un caleidoscopio que se modifican y crecen o decrecen a través del contenido del deseo.

Los enfermos también se han ocupado del deseo. No en balde se dice que los pacientes son como libros abiertos en cuyas páginas, en cuyas visiones, todo se ha escrito. A partir de la enfermedad, la mirada y la reflexión son ilimitadas, al igual que la necesidad de recuperar el deseo cuando éste se ha afectado. Los suicidas, por ejemplo, son referencia obligada cuando de no desear se habla.

Quienes buscan la muerte y no lo consiguen lo explican bien: desear morir es el clímax del no desear. Recuerdo una joven que despertó horrorizada en el hospital tras haber ingerido pastillas con el afán de quitarse la vida. “¿Por qué?”, pregunté. “Mi vida se ha secado.

Los afectos han desaparecido. Nada despierta mi interés. Con mi muerte podría curar la desolación”, respondió. Si bien el suicidio es una decisión personal, le dije, la muerte voluntaria hereda una estela de daños inmensurables en los vivos, en tus vivos. “No importa: si ya no estoy, de nada me entero”, respondió. El dolor y la falta de deseo pesan más que cualquier argumento. Ni los antidepresivos ni la psicoterapia habían sido suficiente: Cuando extrema, la falta de deseo sepulta todo. ¿Cómo atemperar la desolación cuando la mente se ha convencido de que el suicidio es una buena forma de paliar la ausencia de vida? La ausencia de deseo más extrema es el suicidio. O bien, el temor a perder otra vez esa pulsión, ese motor, “un lento suicidio en vida”, como era el caso de Virginia Woolf, quien sufría crisis maniaco-depresivas.

Después de haber vencido tres depresiones, cuando avizoró una nueva caída, escribió la siguiente nota suicida: “Querido: estoy segura de que enloqueceré nuevamente. Siento que no podremos confrontar otra vez esos terribles tiempos. Y esta vez, ya no me recuperaré. Empiezo a escuchar voces y no me puedo concentrar.

Por ende, haré lo que parece ser lo más adecuado… no pienso que dos personas pudieron haber sido más felices  de lo que nosotros hemos sido” (fragmentos de la carta póstuma dirigida a su esposo). La construcción del deseo es una tarea infinita, que nunca ceja. No es posible satisfacerlo, pues, de ser así, implicaría “un alto” y la ausencia de nuevas metas. El deseo crece conforme crece la persona y se nutre por lo ya alcanzado.

Es como las ideas sembradas que han fructificado y generado a su paso nuevas metas y nuevas preguntas. Es también una sensación que confirma que la vida siempre es una empresa inacabada.

Es una moneda al aire, que siempre cae, pero que siempre, puede volar nuevamente. 04145541014 delucabartolomeo@gmail.com Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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