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Alberto de Luca Bartolomeo
Venezuela·

   
   
 

LatinPress. 31 /10 / 2016. Alberto de Luca Bartolomeo. Venezuela.

   

Psicología al día: José Gregorio Hernández. El Venerable.

 

Venezuela fue para JGH el lugar donde esclarecer su propia realidad y el territorio fecundo para los más altos ideales de equilibrio y armonía. Su época se le ofrece como una apuesta intelectual y sensible para meditar en torno a la salud física y espiritual del venezolano.

Hombre de ciencia, filosofía y fe, quiere encontrar un orden intelectual y emocional en sus pacientes, que pasa por la higiene del cuerpo y el alma: que la vida puede ser entendida como una obra de humanidad.

JGH nos enseña que hay que buscar siempre al hombre que hay en el paciente, el hombre que se esconde detrás del síntoma, el que padece a través de su enfermedad física. Remontó la corriente de la vida. No podía quedarse en la penumbra del consultorio médico.

El aspecto más íntimo de su personalidad como médico está dado por su filosofía, por su actitud y su razón de ser frente al enfermo. Su conocimiento científico alcanzó el nivel espiritual de la introspección mediante la solidaridad humana, sin codicia ni envidia.

JGH, como buen médico, lo personal se identifica con lo profesional. Dejó en el paciente y en los parientes de éste una buena imagen, la vivencia de una persona consagrada al servicio técnico, cordial y fraternal, y si se quiere, a veces paternal. JGH: orden, disciplina, sentido de la misión que debía cumplir. Humanizó, adecentó, hizo más eficiente, propia y digna del hombre, la ayuda al paciente; y hasta donde ello fue posible, la colaboración amable,  sinceramente “projimal” (de prójimo), con los pacientes que atendía.

Dejó un poco de su mágico hacer, de su mítico poder: la sonrisa, la palmada tranquila, algún empático mensaje de confianza en la curación, la esperanza de que volverá a lo cotidiano, a su mundo. En fin, algo simple pero trascendente en palabras y actos de apoyo que hacía sentir al paciente que el médico tiene en sus manos la situación y que sobre todo es un hombre, y si se quiere, un hombre como pocos, un médico como pocos. Es un privilegio escribir sobre “el médico de los pobres” con una inmensa riqueza espiritual.

La obra de JGH es un palacio donde habitan talentos superlativos y donde reina la humildad. Su desaparición física es apenas el inicio hacia el Empíreo, donde las almas iluminadas se deleitan contemplando la manera como han rescatado a los humanos de su prisión de barro y soledad. Un hombre así nos enseñó a amar lo que se hace, a confiar en nuestros propósitos e irlos puliendo, siempre siguiendo los “pálpitos” que nos llevan a hacer las cosas con pasión.

JGH tuvo la medicina como mensajera, una misión que resuena en nuestras vidas. El médico de los pobres es recordado en su natalicio. Con su noble ejemplo nos enseña que es en las situaciones-límites donde el hombre alcanza conciencia de su definitiva soledad.

En él el deseo de saber es una eminente necesidad humana. Este personaje, que dista de nosotros poco tiempo, es genial, sin duda. Vivió a fuerza de ciencia, filosofía y fe. Mostró la virtud máxima: la humildad, saber lo mucho que se ignora. No pretendió ser sabio ni santo. No podía serlo, todavía.

Recordamos a JGH no sólo por su condición científica sino por su condición humana que ejemplificó y a veces antepuso a la propia necesidad de la creación intelectual, por la responsabilidad ética que supo asumir ante los pobres.

Arraigado en su suelo, con los ojos abiertos a la fe, su conducta cívica es inseparable del  ejercicio de la medicina. Al repasar su vida, su obra, su legado, a la luz de la Psicohistoria, asistimos al fascinante espectáculo de ver cómo se va fortaleciendo una voluntad para el trabajo y adiestrando una inteligencia que se sale del rasero común.

A través de su vida intuimos el nacimiento de una vocación de servicio, a la que allá en sus más íntimas entrañas  había jurado consagrarse. Hoy está sonando todavía la vida firme, apasionada y siempre repleta de enseñanzas de este venezolano ejemplar.

En ella se señala una dirección que deberían seguir las nuevas promociones de médicos que quieren una Venezuela distinta de la que nosotros les legamos. JGH eligió su misión de médico por lo que era coherente con su propia opción de vida.

Demostró claridad en las opciones, reflexión profunda en cada situación y experiencia de vida, en la caridad y en la bondad. Fue un buen médico y un médico bueno. Esto en concordancia con el modo de ser del venezolano: sencillo, cordial. Fue un médico humanista en el exigente sentido de la palabra. Sus obras científicas y filosóficas seducen por sus ideas acerca de la vida.

Enriqueció la ciencia médica porque también buscó la verdad de la vida, el misterio, en fuentes de la filosofía y de la fe. Cultivó la inquietud de espíritu, la curiosidad humana, observador, abierto al diálogo, capaz de oponerse a la arrogancia y la rigidez del dogma, y no renunció jamás a la obligación de seguir indagando, dudando, criticándose y criticando, afirmando haciendo.

Su deber fue misional y así lo vivió. Tal vez fue el primer médico de familia en Venezuela: consejero a veces, confidente a ratos, amigo siempre; venerable al fin. 04145541014 delucabartolomeo@gmail.com Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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