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Alberto de Luca Bartolomeo
Venezuela·

   
   
 

LatinPress. 3 /10 / 2016. Alberto de Luca Bartolomeo. Venezuela.

   

Psicología al día: Día internacional de la paz. “domesticar  la pantera”.

 

Resulta cada día más preocupante la violencia en el mundo: limpieza étnica en Kosovo, musulmanes en guerra con israelíes, protestantes contra católicos en Irlanda del Norte, blancos que persiguen a negros, neonazis que aterrorizan a judíos, etarras que asesinan a guardias civiles, españoles no gitanos que incendian las casas de los gitanos, hinchas que acuchillan a otros hinchas, hombres que maltratan a mujeres, licenciados que desprecian a maestros, heterosexuales que denigran a homosexuales…¿Qué pasa? ¿Es que para afirmar una identidad hay que destruir a quienes tienen otra distinta? ¿Nos hacemos nosotros mismos cuando destruimos a los otros?

¿Cómo es posible que quienes gozamos de algo en común tan importante como la condición de ser personas nos matemos por una diferencia como la nacionalidad o el color de la piel? ¿Cómo es posible que quienes tenemos la categoría de ciudadanos del mundo matemos por la identidad nacional?
Amin Maalouf, libanés nacido en 1949, ha escrito un magnífico libro titulado Identidades asesinas. Es una denuncia clarividente y apasionada de la locura que incita a las personas a matarse en nombre de una etnia, de una religión, de una lengua.

La pantera es un animal peligroso. Mata cuando se la persigue y también si se le da rienda suelta. Resulta aún más peligrosa si se le deja escapar herida. Pero la pantera, por encima de todo eso, es un animal domesticable. Amin Maalouf utiliza esta metáfora en el último capítulo de su libro. No debemos hacer de la identidad un objeto de persecución, sino que debemos entenderlo y domesticarlo.                                                             

Maalouf reniega del fatalismo que nos condena a mantener el odio a los demás  como una forma de amarnos a nosotros mismos. En su condición de libanés y de francés,  el autor ofrece su ejemplo de persona cruzada por diversas culturas y por una doble pertenencia. Cuando le preguntan si se siente más libanés o más francés contesta: “Lo que me hace ser yo mismo y no otro es que estoy  a caballo entre dos países, entre dos lenguas, entre varias tradiciones culturales. Esa es mi identidad…” ¿Por qué nos obligamos a realizar una definición que nos excluye violentamente de los otros?

Buscamos, en la superficie y en el fondo aquello que nos hace odiarnos, aquello que marca una diferencia que impide la convivencia en paz. Habría un modo civilizado de entender la diferencia como un motivo de acercamiento y de complementariedad. Pero no. Se explora en  la diferencia para la destrucción, para la ofensa, para la agresión. No se vive la diferencia como un valor que integra sino como una causa que excluye.

Hurgamos en las zonas de las que puede salir sangre. Nos entretenemos en marcar los territorios que nos diferencian, no para disfrutar con la diferencia, sino para machacarnos con la peculiaridad. Decimos “nosotros” no para incluir, sino para desterrar a los demás, para perseguirlos.

¿Se puede salir de ese callejón sin salida? ¿Se puede hacer algo para avanzar en otra dirección que nos lleve a la convivencia y no a la destrucción?

Aparentemente, una dictadura nos uniforma y nos alinea hasta conseguir la paz. Una paz asentada en la opresión, en la violencia y en el miedo. Ese no es el camino. La solución sólo se puede situar en el marco de la democracia. Porque en ese ámbito pueden  florecer la tolerancia y el respeto a todas las diferencias.

Pero la democracia es un camino, no una meta que se alcanza. Hay “democracias” meramente formales que no hacen más que aplastar con el sistema de mayorías a las minorías disidentes. Cuando una minoría está oprimida, la tentación  de la democracia es aplastarla con los números. No basta decir democracia para que se instale la convivencia en armonía. El sentimiento tribal se esconde en las estructuras formales y actúa bajo los auspicios legales. En la democracia lo sagrado son los valores, no los mecanismos.

Algunos tienen que silenciar lo que son o lo que piensan para evitar la agresión. Las “minorías visibles” (las que llevan las señas de identidad en la piel) están amenazadas sin necesidad de identificarse voluntariamente. Muchas de las matanzas que tienen lugar en el mundo se llevan a cabo en nombre de la democracia, de la justicia y de la libertad.

El fenómeno de la mundialización (que viene de la mano de los medios de comunicación, de la movilidad social, de la globalización de la economía…), al mismo tiempo que nos hace sentir ciudadanos del mundo, paradójicamente, afianza la necesidad de ser vascos, argentinos, venezolanos…Precisamente en un momento en el que caen las fronteras, en el que vamos hacia una integración regional y una justicia única, se afianzan los sentimientos nacionalistas.

Se decía que había que hacer “examen de conciencia”. Lo que hay que hacer es “examen de identidad”. Cuando se pregunta por la identidad a una persona, por lo que se siente en el fondo, parece decírsele que hay una esencia última, una pertenencia  fundamental que tiene que afirmas con orgullo ante los demás, que hay que proclamar con pasión. Es un error. Cada uno puede afirmar su identidad a través de las diversas pertenencias, en un lugar de asumir una sola y erigirla en instrumento de exclusión.

Vivir en democracia significa tener actitudes no sólo de tolerancia, sino de aceptación. Es convivir con todos valorando las diferencias como un potencial enriquecedor. El camino es lento. Lo importante es avanzar en la dirección acertada. No hay nada más peligroso y más torpe que lanzarse con la mayor eficacia en la dirección equivocada. 04145541014 delucabartolomeo@gmail.com Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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