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Alberto de Luca Bartolomeo
Venezuela·

   
   
 

LatinPress. 8 / 4 / 2018. Alberto de Luca Bartolomeo. Venezuela.

   

Psicología al día: Cosiata. La intriga en Venezuela

 

A la sombra del misterio no trabaja sino el crimen. Simón Bolívar.

El hombre, decía el Libertador, es hijo del miedo. Por eso todas sus “cosiatas”, todas sus malhechurías, todas sus perversidades las hace a la sombra del misterio. El hombre teme la justicia, teme la censura, el juicio, el ridículo.

Es una vieja costumbre adamita el ocultarse para hacer el mal. Se oculta el ladrón, se oculta el asesino, el atracador, el bandolero, en fin, todo el que tiene su “cosiata” se oculta para hacerla y para huir de las miradas del público. “Cosiata” es el vocablo despectivo con que se denominaba el proceso separatista, iniciado en Venezuela, por venezolanos, en forma violenta.

El Cabildo acusador de Caracas y algunos venezolanos interesados en la disolución de la unión colombiana, apoyaron a los “rebeldes”. Bolívar, que conoce la situación crítica, con mucha prudencia y finura, impide una guerra civil. En una de sus cartas reprocha el silencio que se guarda sobre los sucesos de Venezuela. Es cuando dice: “A la sombra del misterio no trabaja sino el crimen”.

De allí sale la anarquía, la discordia social, las maquinaciones, los atentados, las intrigas. A la sombra del misterio no trabaja sino el crimen. Este pensamiento bolivariano lo vemos ratificado a cada instante. Los hombres de las “Cosiatas” temen la luz y prefieren la sombra.

El miedo los induce a ocultarse. Más hace en un día un intrigante que cien hombres de bien en un mes. Simón Bolívar.

El intrigante es un personaje de las tinieblas, azaroso, taimado, ubicuo. Como la araña teje y desteje, enreda, embrolla, especula, divide, disocia, complota, conspira, confunde, maquina.

El intrigante es infatigable. Acaba con personas y prestigios y puede llevar a la ruina un país. La psicohistoria de Venezuela, antes y ahora, está poblada de intrigantes.

A raíz de la emancipación surgen para rodear al Libertador y entorpecer su obra. Me figuro al Libertador como Gulliver en Liliput, atado de pies y manos por los intrigantes liliputenses. Podría citarse infinidad de ellos.

Los hallamos con nombres y apellidos. Bastará, sin embargo, el suspenso. Uno de esos personajes, hombre duro, implacable, ambicioso y desleal, simulaba amistad al Libertador pero le atacaba a la espalda y en la sombra. Fue un traidor. “Cada día me parece una imprudencia haber salvado a ese hombre, será la ruina de Colombia; el tiempo lo hará ver”, escribe el Libertador en 1828. Pero ya era muy tarde.

La labor infame estaba consumada. El hombre, escribe el filósofo Bergson, es lo que hace. Nadie hace el bien impunemente, nadie se escapa al levantarse de las mordidas de la envidia. Simón Bolívar.

La mediocridad y la envidia no toleran la presencia ni el resplandor de lo grande, de lo sublime. La mediocridad y la envidia son destructivas. La envidia es la tristeza del bien ajeno; tristeza dinámica que se moviliza para dañar y destruir al envidiado.

El tiempo lava y desenvuelve, ordena y continúa. Y entonces, ¿qué queda de las pequeñas podredumbres, de las pequeñas conspiraciones del silencio de los pequeños ríos sucios de la hostilidad? Nada.

El sabio guarda silencio. No se defiende ante las sucias embestidas de la envidia: Sócrates, Jesús. Este sencillo y modesto análisis plantea en forma radical  el viejo conflicto entre la “Verdad y la Política”.

La verdad parece desterrada de la política. Los que le rinden culto a la verdad son estimados “inútiles” para el ejercicio de la política. Los antiguos solían decir este adagio: Fiat veritas et pereat mundus.

Hágase la verdad y perezca el mundo. La verdad debe prevalecer, por encima de la intriga, aunque allí se siga la destrucción de la canalla.

El que ama las cosas sublimes tiene sentimientos sublimes. Tener sentimientos nobles, distinguidos, es, como diría Nietzsche, reunir en un solo sentimiento la fidelidad, la generosidad, el pudor de la buena reputación.

Lo nobleza del alma es una exigencia de ser, de mantenerse en más forma, de ceñirse a una línea de conducta irreprochable. El hombre se mide con el obstáculo.

Es preciso saber  distinguir entre vocablos, para reconocer los méritos del que los tiene y para no atribuir méritos a quien no los tiene.

El que se dispone a hacer el bien está expuesto a la maledicencia, a la envidia, a la intriga, a la “cosiata”. (0414) 5541014 delucabartolomeo@gmail.com. Colaboración especial para LatinPress®.

   
 




 
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